Hola, buenas noches a todos. Me llamo Antonio Torrejón y de pequeño quería ser escritor. Bueno, también quise ser delantero centro de primera división, inventor chiflado, químico más chiflado aún y cantante de rock. Pero escritor siempre estuvo entre mis preferencias.
De todas formas no es algo muy difícil de entender. Quiero decir que mi casa estaba, y sigue estando, atestada de libros. Seguramente si en vez de montañas de libros hubiese habido montañas de, que sé yo, cables pues hubiese querido ser electricista. Pero no, lo que había en mi casa, principalmente, eran libros. Así que desde pequeñito yo quise que alguno de esos libros que inundaban las estanterías de mi casa llevase mi nombre escrito en la cubierta.
El problema es qué hacer para ser escritor. Porque otras vocaciones no tienen tantos problemas. Si quieres ser biólogo vas a la universidad, estudias duro y unos cuantos años después tienes un papel en el que pone que eres biólogo. O veterinario. O arquitecto técnico. Pero ¿escritor? Así que empecé a hacer lo que suponía que era lo correcto: escribir. Bueno, escribir y leer, y no necesariamente en ese orden. Pero ahí no terminan los problemas. Tú escribes y escribes, todos los días. Escribes relatos cortos, poesías cursis, amagos de novelas, relatos más largos, poesías más profundas. Y cuando has escrito todo eso, llega una nueva pregunta: ¿Qué hago con ello? Es aquí donde verdaderamente surgen los problemas. En mi caso lo que hice durante años fue dejar que acumulase polvo todo lo que había escrito durante años.
Pero el año pasado decidí que ya había acumulado demasiado polvo y que era la hora de ponerlo en movimiento. Así que empecé a mandar algunas cosas a concursos literarios. Y es aquí, en este momento del relato, donde ocurre el milagro. Sin esperármelo de ningún modo, una mañana de mayo recibo un correo electrónico que dice que he ganado el primer premio del certamen de jóvenes artistas de Castilla-la Mancha en la categoría de relato. Evidentemente no me lo creo. Supongo, en un primer momento, que se trata de un error. Pero unas horas más tardes recibo una llamada telefónica dándome la enhorabuena y confirmando el email.
Y es entonces cuando me acuerdo de las montañas de libros de mi infancia. Es en ese momento cuando me acuerdo de mi padre, de su vieja olivetti con la que escribió poesías maravillosas. En esa mañana de mayo me vienen a la cabeza los libros de Julio Verne, de Emilio Salgari, de Stevenson que mi padre me recomendaba o aquellos libros naranjas de la colección Barco de Vapor que nos compraban mis padres cuando íbamos a algún centro comercial. Y es en esa mañana de mayo cuando se me llenan los ojos de lágrimas sabiendo que mi padre está orgulloso de mí desde el sitio maravilloso en el que está ahora.
Pero las sorpresas no se terminarían ahí. En el mes de Julio me llaman desde el Ayuntamiento para preguntarme si quiero dar el pregón de las fiestas de este año 2010. No lo dudé ni un instante. Para mí ese fue otro premio, tan importante o más como el primero ¡Dar el pregón en las fiestas de mi pueblo! Ahí es nada. Debo reconocer que desde entonces me he imaginado aquí arriba sin conseguirlo del todo bien. Me venían a la mente las imágenes de otras fiestas. Recuerdos de un escenario de madera, de niñas bailando sevillanas, entre las que se encontraba mi niña. Me venían imágenes de otros peinados, otros vestidos. Sonidos de canciones que ya no se escuchan. Me veía a mi mismo con ocho años bailando en una plaza de arena aquello de que vienen los patitos o sentado en una silla viendo como los mayores bailaban muy estirados pasodobles entrañables. Puestos de globos, la churrería azul y blanca colocada en el paseo, el perrito piloto, la “Vieja Banda”, la música machacona de los coches de choque, los pañuelos colocados en la pierna, las camisetas de las Peñas, la orquesta Attica. No sé, muchos recuerdos, muchas imágenes que me impedían poder verme este 17 de agosto de 2010 subido aquí arriba.
Y entonces me detuve a pensar un momento. Porque parece que todo ha cambiado. Nos da la impresión de que estas fiestas ya no son iguales que las de nuestra infancia, que ya nada es lo mismo. Que la feria ya no está en el paseo y el escenario ahora es mucho más estable y la plaza no tiene arena. Pero no nos damos cuenta de que las fiestas son como nosotros queremos que sean. Que las podemos vivir como cuando teníamos catorce años o quedarnos sentados a un lado de la plaza sin bailar ¡Claro que las cosas han cambiado! ¿Cómo no iban a cambiar? Todo ha cambiado, no solo las fiestas. Pero está en nuestra mano vivir las fiestas como cuando éramos niños. Está en nuestras manos bailar, reír, quedar con los amigos y hacer todo aquello que hacíamos cuando éramos más jóvenes.
Por eso, desde aquí, desde este estrado que me han concedido con mucha amabilidad los responsables de la corporación municipal, os animo a que viváis unas fiestas diferentes. Que os olvidéis de complejos y de años encima y os dediquéis a disfrutar de vuestras fiestas. Porque son vuestras, son nuestras y son de todos. Y somos nosotros los que tenemos que hacer que sean inolvidables.
No me quisiera despedir sin tener un recuerdo muy especial para alguien que nos dejó hace hoy seis años. Es una de las mejores personas que he conocido nunca y eso es lo mejor que se puede decir de nadie. Seguramente, desde donde esté ahora, se está partiendo de risa viéndome aquí subido. Por eso, esto que estoy leyendo también va por ti Juanfri.
No me quiero alargar mucho más porque seguro que estáis tan ansiosos como yo de que el primer cohete de las fiestas estalle en el cielo. Disfrutad de esta semana y un abrazo muy fuerte para todos. Solo me queda decir
¡VIVA ESQUIVIAS!, ¡VIVAN LAS FIESTAS! Y ¡VIVA LA VIRGEN DE LA LECHE!
miércoles, 25 de agosto de 2010
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