miércoles, 3 de diciembre de 2008

Pavada Nº6

es una mala hora para escribir sobre ti, también es una mala hora para escribir sobre nada pero ante todo sobre ti. porque la monotonía, esa monotonía que tantas veces he criticado, se me escurre entre las manos y no se que hacer para estar contigo un ratito más. pero no me refiero a un momento de reproches y de lágrimas, quiero decir un ratito de besos y de "yo también te quiero" y de caricias más allá de lo permitido y de lo sano. porque ahora me doy cuenta que lo permitido y lo sano, aunque tu y yo siempre hemos querido que estuviese disperso, ahora mismo se dan la mano, son como hermanos o como novios en una nueva primavera. y yo, corazoncito, he leído de nuevo a Cortazar hoy y no se como voy a salir de esta, porque Cortazar sin saberlo siempre me abre los poros hacia ti, por ti. y yo, querida, no puedo hacer nada porque aquí el que dicta las normas es el bueno (y muerto) de Julio, que me dice que tu eres la Maga y yo soy un Oliveira devaluado, un Oliveira de segunda mano, porque yo no tengo los huevos de irme a Argentina, y no tengo los huevos de no quererte, y no tengo huevos para casi nada.
/a mi venirme sin prisas, dejadme a mi ritmo, siguiendo mi propio camino, no me quitéis las piedras porque también son mi camino, y las zarzas del camino también son mis zarzas; a si que retiraros del camino y dejad que me equivoque yo solito porque tengo derecho a eso, creo/
y el Olivera de Cortazar busca en la Maga el encuentro casual por las calles maravillosas de París, y yo te busco a ti por las confusas interferencias de las líneas telefónicas y por la poca prisa de los carteros y por el camino de las lágrimas solitarias y dolorosas, porque yo, Maga mía, no soy dado a llorar por causas perdidas ni por causas seguras ni por perros muertos en la carretera ni por inundaciones africanas, ni por casi nada, porque, Maga maravillosa, te quiero pero no se si es sano llorar por eso, ni siquiera preocuparme por eso.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Pavada Nº 5

ya estamos otra vez, de nuevo retomo está manía de hablar contigo (ni siquiera se que existes) en estas páginas extrañas. escribo con una extraña mezcla de urgencia y miedo, y no se el porque ni de lo uno ni de lo otro, seguramente sea mi estado natural que se acentúa más cuando me enfrento a las teclas y a ti a la vez, y es que reconócelo es echarle cojones: escribir y además hacerlo sobre ti.
he sufrido varios desengaños literarios últimamente, bueno más bien han sido autodesengaños (que palabra tan maravillosa!) no te creas que soy tan estúpido como para dejar esto ni nada de lo que escribo a ningún indeseable que se crea que tiene la suficiente inteligencia como para juzgarlo (es puro y simple miedo, tu ya sabes como soy querida)
he estado pensando también en ti y en mi (pondría en nosotros, pero suena tan falso que me entra la risa) porque, no digas que no, hace tiempo que ya no somos nosotros, sólo lo fuimos algún tiempo pero ya se acabo. y es divertida está especie de farsa, de no saber pero no decir o simplemente de no querer saber. pero es un poco molesta esa vocecilla tuya que pones, de estar muy triste, de que me vas a decir algo muy importante, de que me vas a decir lo que tu, yo, dios, las piedras y hasta aquel hámster del pasado sabemos. también tengo que reconocer (esto se llamaría autocrítica, que también suena muy bonito) que yo soy tan cobarde que después de una de esas noches de ginebra (tú) y whisky (yo), de esas noches de vomitonas y frío y esos silencios de camino a casa, esas noches en las que tú te dejas llevar totalmente y me dices las cosas, sin mirarme a los ojos pero con firmeza, pues esas noches yo las ignoró al día siguiente, como si no existieran. pero bueno amor yo soy así y tú eres así, y los dos nos conocemos lo suficiente.
he dejado hoy a la radio que dance a su manera porque luego pongo a Antonio Vega y el muy cabrón (con perdón) me recuerda lo solo que estoy, lo triste que estoy, lo puta que es la vida, y todo eso ya lo se (todos los sabemos: dios, las piedras, el hámster, etc., etc.) pero lo intento disimular, ocultar, ignorar, pisotear. y el bueno de Antonio no tiene la culpa de nada, pero no es muy sano escucharle. como tampoco es sano escuchar el rumor de tripas, ni el sonido del mechero, ni casi nada.el otro día escribí algo que me pareció bueno "la conciencia es una puta y dios es su chulo" ya se que no te gusta que hable así de esos temas, ya se que en semana santa tu saldrás en procesión. se los morritos que pones cuando hablo de religión, como suplicándome que no siga, como diciéndome que hable de fútbol o de pájaros o que te insulte, pero que no siga por ese camino que te descompongo la fe. lo siento, corazón, pero es que a veces se me escapa.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Pavada Nº 4

he llamado a esto pavadas por ti cariño. es que me encanta tu forma de decir pavada. también me gusta cuando me llamas boludo, o cuando sueltas algún orto o cualquier palabreja de esas que no se de donde las sacas, como tampoco se de donde viene esa maravillosa e irritante manía o aspiración o sueño de ser argentina cueste lo que cueste, de donde viene querida? porque tu Borges y Cortazar te crees que son discotecas de moda y Federicco Luppi una nueva marca de ropa. no te enfades fresita pero lo de la cultura no es tu fuerte: literatura poca y mala y cine mucho pero también muy malo. y fútbol no digamos, conoces a Maradona porque es imposible no conocerlo pero vos no sabés quien es Mario Alberto Kempes ni siquiera Batistuta (ya se me pegó: empezamos con lo de las pavadas y yo acabo escribiendo mi rayuela de arena, medio en francés medio en argentino macarrónico (lo de macarrónico tanto el francés como el argentino)) y luego te pregunto y me sales con lo de la sangre que corre por tus venas (masacradas): sangre argentina de tu abuela materna, sangre cheyenne de tu abuelo materno (que digo yo como cojones se casaron un indio cheyenne de la Norteamérica del norte con una argentina de la Sudamérica del sur, y además más sur imposible), sangre inglesa de tu abuelo paterno y sangre india de tu abuela paterna (y aunque esto es más posible, tu no sabes nada de colonización ni de te inglés en el Taj Majal). y siempre acabamos con tu enfado de platos rotos contra la pared y tres días sin saber de ti cuando te digo que tu tatarabuelo materno fue Colón y tu tatarabuelo paterno el terrible pirata Scott que escondió su tesoro en una isla del pacífico y que un día de estos vamos a ir a buscar porque es tuyo por derecho propio. es que te enfadas con nada princesa mía, yo te lo digo con cariño y, lo reconozco, con cachondeo, pero es que, quién se va a creer esa historia tuya de la sangre? y además si es verdad porque sólo te da por decirme boludo y no me dices fuck you o porque no gritas Jerónimo a pleno pulmón cuando hacemos el amor.pero bueno luego siempre llega las maravillosas reconciliaciones, cuando tu vuelves y compras una nueva vajilla para la próxima, porque si me tiras otra cosa no es lo mismo verdad? esos días de reconciliación si que estás encantadora: no hablas mucho, haces buenas comidas y follas, perdón haces el amor (se me ha escapado cariño, no me lo tomes en cuenta) mejor que nunca, como si fuese la primera vez pero sabiendo lo que haces.

sábado, 15 de noviembre de 2008

Pavada Nº 3

la turbación (y lee bien querida, que tu y yo ya nos conocemos: pongo turbación y no masturbación, malpensada) retomo: la turbación emocional puede que para algunas personas sea un estado óptimo para escribir, pero a mi me ocurre lo contrario. también puede ser esta insuficiencia de nicotina y este abuso de las cuatro paredes y de bata de noble venido a menos. pero es que son ya tres días sin fumar, sin cambiarme de ropa, sin lavarme y en un estado constante de alerta en el corazón, por si vuelve a pasar de nuevo otra procesión de elefantes y me lo espachurran como la última vez. y sigo teniendo esas ganas locas de ti y de tus manos pero mezcladas con unas ganas de odiarte y de ser yo el elefante jefe de la procesión que pase por ti. si a todo esto lo aderezamos con una singana muy extraña, como de adolescente enamorado por primera vez (y eso si que es imposible, verdad querida: llevo enamorándome todas las noches desde los 13 años. siempre debajo de las sábanas y de forma húmeda, pero amor al fin y al cabo)
también influye en todo esto la música que no escucho por miedo y por esa propia desgana extraña de la que te hablo. pero es que estoy seguro de que oyendo algunas canciones que tu y yo sabemos alguna de ellas me explica lo que me pasa por que al tipo que canta le paso hace veinte años y si escucho la radio simplemente me van a echar en cara que me preocupe de problemas tan insignificantes cuando hay guerras en el mundo. a si que hay está el equipo, bien calladito, suplicando clemencia y yo haciéndome el fuerte (que patético! sólo soy fuerte frente a una máquina inútil y sin sentimientos. aunque bueno, hay algunas personas que tienen menos sentimientos que un walkman..., verdad querida? (no es una indirecta)) como puedes ver amor mío le he cogido el gustillo a esto de los signos de puntuación (mal)mezclados y ya no paro. algún día escribiré un libro entero que será un paréntesis y dentro de este paréntesis otro y así sucesivamente: un paréntesis de mil páginas. ya es triste, el paréntesis como forma de vida, como escondrijo secreto alguien tan cobarde que va a seguir adelante sin querer ni siguiera mirar atrás. pero es que son tan bonitos los paréntesis, con esa curvatura de paraguas que protege de los chaparrones y de los escupitajos (y yo de escupitajos entiendo un rato. tu me lo has enseñado piel de melocotón)
así que en estos días se junta todo, y salen brebajes muy extraños, ungüentos que dan miedo. me salen las ganas de ti y las ganas de emborracharme a base de anís, las dos cosas juntas, como si fuesen la misma cosa (es que no es la misma cosa?) me salen las entrañas en pequeñas porciones y se mezclan con la tinta, las hojas, el diario que no tengo, el libro del paréntesis y una buena botella de whisky escocés (quizás porque todas estas cosas son las que me forman, las que conforman mis entrañas de hombre singular) me salen las ganas de fumarme un enrome puro habano (yo que odio los puros desde el mismo día de mi nacimiento o del suyo, que ya no se que o quien nació primero) pero enfrente están las ganas de dejar de fumar para siempre (ya se que no te gusta que blasfeme contra dios nicotina, pero es que tengo la garganta como papel de lija corazoncito)

jueves, 13 de noviembre de 2008

Pavada Nº 2

oyendo viejas canciones de los sesenta, tan optimistas que yo quiero ser un hijo de las flores. fumando cigarrillos extraños y corriendo con mi cámara por los caminos perdidos de la memoria. aquí estoy de nuevo, querida, más loco si cabe que la última vez. ya ves que hay un cambio sustancial en mi manera de escribir: la última vez estaba oyendo a Dylan, hoy estoy escuchando a los Brincos. y es que todo se mezcla en estos tiempos de tenerte y no tenerte, que al final se convierte en quererte o no quererte, es decir que se transforma en la viceversa de la margarita primaveral. y si nos ponemos a hablar de flores, carita de melocotón, siempre aparece la amapola por alguna macabra asociación de conceptos que no llego a comprender (quizás sea mejor así) es una actitud cómoda la de no saber pero sobre todo no querer saber, no conocer más allá de cosas como cruzar la calle en el momento oportuno o fumar con la mano izquierda.
el hámster a desaparecido y ahora son los gatos y esta extraña luz que me da el fluorescente semiderrumbado de mi habitación lo que me acompaña, porque obviamente tú no apareces por aquí (me refiero a mi habitación, a mis noches, a mi vida, porque lo que es en mis hojas eres la protagonista absoluta) y es que soy un poco (bastante) estúpido y ansioso y doy miedo, se que te doy miedo. se que te dan miedo estas cartitas sin importancia alguna, que simplemente nacen del amor (y vuelve la imagen de la amapola: extraño, no crees?) ya estoy otra vez mezclando los signos de puntuación, yo que no se ni cuando hay que poner mayúsculas juego a ser un gran escritor poniendo signos de ortografía muy seguidos. eso si que da miedo y no mi triste cara de asesino de libros.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Pavada Nº 1

Definición: según la RAE tenemos dos definiciones posibles para pavada
1. Manada de pavos
2. Juego de niños

Pero yo le puse este nombre por la acepción argentina de la palabra. En Argentina se usa pavada para referirse a una tontería o a algo con poco valor.

pavada nº 1

con un hámster paranoico y una música que te mete la guitarra por cualquier parte de tu oído. con estas ganas insoportables de que estés a mi lado, de que amanezcas está mañana conmigo pero sólo esta mañana y algunas parecidas, todas las mañanas sería excesivo, cariño (ya lo sé, egoísmo puro y duro) con esta persecución de la cabeza tras el tiempo y casi siempre viceversa. con el sueño, coño que son las siete de la mañana y parece que el día va a ser soleado y eso no le suele sentar bien a mis dedos sobres las teclas y por lo tanto esto no debe ser muy bueno o por lo menos debe ser muy soleado.
pero es que son tan depravadas las ganas de tener tu piel aquí cerca y es a la vez tan angustiosa la idea de que enseguida me cansaría de tu piel ahora mismo, de que me dormiría rápidamente con tu pelo haciéndome cosquillas en la nariz y yo cagándome en todo a cada estornudo. pero ahora mismo te busco entre la duermevela en la que me encuentro sumergido, entre el mundo del hámster que revuelve la comida ansioso y el tipo que escribe tan rápido que no atina con ninguna palabra, porque ya lo sabes no soy bueno con las teclas.
imagina la estampa: el hámster ajeno a todo, desordenando sus pipas y su jaula en un rincón, el tipo despeinado y con cara de tonto tumbado en la cama en calzoncillos, helado de frío pero en calzoncillos, algo que parece Bob Dylan sonando quedamente por el equipo, y el tipo que habla con el hámster echándote mucho en falta, y no es ni menospreciar al hámster ni menospreciarte a ti, simplemente es lo que hay.
y cualquier día doy la sorpresa y gano uno de esos premios literarios tan importantes que hay en nuestro país y la gente me mira de otra manera por la calle o me da por aprender a tocar la guitarra y os doy en la boca a todos; estoy buscando el talento pero entre las teclas no creo que lo encuentre y menos cuando hace sol, no hay huevos para desayunar, el periódico aún no ha llegado y es, nada más y nada menos, que tres de enero del 2000. no me digas que no acojona.

es la aprensión (se escribe aprensión? bueno da igual) que me sacude el pecho a cada respingo, como una certeza de que algo no marcha bien en tu desayuno o en mi almohada o en un lugar tan cercano que no puede pasarnos desapercibido. yo sigo hablando con el hámster, intercambiándonos la personalidad por momentos: yo buscando tu rastro por los rincones de mi jaula y el bebiendo café con el mando de la televisión echando humo. es un buen tipo el hámster, pero ni siquiera es mío aunque es más mío que de nadie y yo soy tan él como cualquier roedor que se tercie. pero querida, no me hagas mucho caso porque tengo tantas ganas de ti que no se ni lo que me digo, que locura ¡un hámster que habla! no se que me pasa. es tu ausencia eterna y es también que hoy he empezado un diario, que seguro me dura una semana no más porque me conozco y conozco mis hábitos y recuerdo lo que me pasa, para que coño iba a querer un diario entonces?
pero, querida, son las 12 de la mañana y llevo ya demasiado tiempo despierto, aunque no cambia mucho de otro día. y es que he leído a Cortazar nada más despertarme y parece que fue hace años que lo leí, y parece también que ayer hablé con Cervantes pero que Cortazar vivió hace siglos. no es extraño? bueno son las 12 de la mañana, al final si había huevos, el periódico muy escaso y, si querida, sigue siendo 3 de enero del 2000 por difícil y horripilante que parezca.

aunque en el calendario, en los relojes, en los periódicos, el el telediario y hasta en la carta de ajuste ponga que es 4 de enero yo estoy seguro que es 3, que aún no ha pasado un día, que el desayuno a base de huevos fritos, zumo y cigarrillos light aún está digiriéndose en mi estomago. y lo se porque tu pelo no a a aparecido por aquí. el hámster se queja con razón, querida, no nos haces caso ni a él ni a él (porqué yo tampoco importo mucho) pero un poco de tu pubis por aquí está noche no estaría mal, un poco de jadeos contenidos y de sudores amarillos no estaría mal está noche. de echo creo que nunca estaría mal eso, pero sólo eso. por qué te empeñas siempre en el desayuno en la cama, en las flores recién cortadas y en besos y más besos y siempre besos (y sus correspondientes vavas (es con v o con b? da igual))? ha quedado bien los dos paréntesis y luego la interrogación, al final va a resultar que eres mi musa y yo despreciando tus besos y yo sin saber aún que estoy enamorado de ti hasta el punto de escribir dos paréntesis seguidos y un signo de interrogación a continuación. es que eres maravillosa cariño, sobre todo cuando no estas, porque me dejas escribir y lo hago bien, no creas que todos mis relatos hablan de felaciones. este no, aunque pensándolo bien no estaría mal esta noche ....
bueno querida parece ser que esto va a llegar a algún sitio. seguramente acabe manchado de semen o de café, que viene a ser lo mismo en nuestro caso porque tu bebes tanto de uno como de otro. no te enfades cariño.
la verdad es que se me da mejor escribir con Bowie en la radio que con Dylan, y yo se, y tu también querida, que las comparaciones son odiosas y en este caso es imposible: Bowie es Bowie y DYLAN es DYLAN. también está mejor que el hámster este calladito en su jaula, porque empieza con su monólogo sobre Sartre y el existencialismo y al final, de tanta nausea, echa todas las pipas que le das tu con tanto mimo. pero bueno, se está bien así: mi cigarrillo, mis ganas de ti, el hámster callado, música desconocida en la radio y la cama sin hacer. al final el día no ha estado mal y no te empeñes en que es cuatro de enero, querida, porque no. sigue siendo tresdeenerodeldosmil, y sospecho que el calendario va a quedarse ahí mucho tiempo.

Pavadas

Las pavadas las escribí hace mucho tiempo, como 8 años o más. No recuerdo muy bien. Empezaron como un entretenimiento, como algo ficticio escrito en primera persona, cartas medio humorísticas que me iban saliendo. Pero, poco a poco, la realidad se fue filtrando por sus líneas y acabaron como verdaderos desahogos de todo lo que me estaba pasando (problemas sentimentales, ya sabeis)
Hay bastantes pavadas. A veces ni siquiera tienen relación unas con otras, sobre todo las primeras. Me inventé un personaje ficticio y hablé por su boca (aunque siempre se colaban referencias biográficas)
Las iré colgando poquito a poco, sin corregir, tal y como salieron en mis ya lejanos 20 o 21 años.
Os dejo la pavada nº 1. Espero que os gusten.

sábado, 25 de octubre de 2008

María

María,
mi pecado
mi alegría
María
mi noche y mi día
mi muerte y mi vida.

María
aliento de la pena mía,
invento de la armonía,
miedo a la mirada perdida,
sueño de noche invadida.
María
amago de vida perdida,
desierto de agua podrida,
milonga de alma partida,
ojos de gaviota herida.

María,
mi pecado
mi alegría
mi noche y mi día
mi muerte y mi vida.
María
mi niña.

Malos días

escribo desde aquí, desde el púlpito de los olvidados, de la generación ineXistente. escribo desde el mas absoluto desconocimiento de la palabra vida, de sus significados, de sus sinónimos, de sus rincones. escribo con la absoluta certeza de la proximidad, del amor por los antónimos, por las palabras negadas y contrarias, desde el golpe en la cara y la respuesta soplando en el viento.
escribo desde el rumor de tripas que conduce a la desesperación que conduce a la muerte o a un alcoholismo prematuro. escribo desde la hache intercalada, y las mayúsculas machacadas, y la z con voz y voto. escribo porque es la forma mas limpia de vomitar, porque no mancha, porque daña sin disparar, porque despierta sin cubos de agua, porque quita resacas sin alka seltzer.
escribo porque no tengo mas remedio, porque es tan inevitable como la propia vida, y como el mismo fin de la misma. porque dentro de mi las cosas no se desarrollan como fuera, porque soy pretencioso. escribo desde la mas absoluta falta de talento, desde la valentía del anonimato, desde el seudónimo colgado en la solapa, desde la enfermedad inexistente y ansiada.
escribo desde el convencimiento de que hubo otros antes que yo, otros que tenían un rumor de tripas parecido. por aislarme del fango, por revolcarme un poco en las fangosas palabras, desde la madurez que no llega, desde un siglo que se acaba y nadie quiere mirar atrás ni hacerse responsable.
escribo porque no se hacer otra cosa, porque la poesía es cerebro y vida, porque las entrañas se me caen en las hojas en blanco, porque el diccionario no sabe mas que yo, porque los libros hablan a voces....

escribo porque ella ya no está (y nunca va a regresar)

jueves, 23 de octubre de 2008

Hoy soñé contigo

Hoy soñé que me despertaba al lado de la niña lunar. Hacía mucho frío en la calle, llovía a mares y el viento hacía uhhhhh, como en un cuento de Poe. Cogíamos el teléfono y llamábamos al trabajo, fingiendo toses falsas poco creíbles, tapándonos la boca para no reírnos como dos niños traviesos. Luego nos quedábamos abrazados muchísimo tiempo, casi toda la mañana, en silencio, solo abrazados y sonriendo.
Las piernas entrelazadas, formando extrañas letras del alfabeto ruso. Las manos entrelazadas. Muy juntos, las bocas frente a frente. Besos ligeros, apenas caricias con los labios que se quedaban flotando varios minutos. La lluvia golpeando con fuerza el cristal empañado, los ruidos de la calle amortiguados, apenas perceptibles, apenas existentes.
Luego yo me levantaba con una manta sobre los hombros y me dedicaba a poner canciones que le gustaban. Las ponía muy bajitas, canciones lentas que hablaban de nosotros sin hablar de nosotros. Ella tarareaba en un susurro, como una cantante francesa mirando al techo con una sonrisa en los labios. El café podía esperar, los calendarios y los relojes podían esperar, la lluvia debería ser eterna, aquella mañana no debía acabar nunca.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Nuestra casa

Habrá
nidos de besos en cada rincón,
ejercitos de caricias,
calendarios abrasados.
Domingos en pijama
desayunos en la cama,
películas de miedo.

Será grande o pequeña
con pasillos estrechos
o iluminada por la luz de la mañana.
Tendrá cuadros abstractos
o posters del padrino.

Habrá
botellas de vino blanco,
cenas con velas,
sábanas sudorosas,
poemas de amor
escondidos bajo la almohada.

Las paredes serán verdes o azules o blancas,
los techos altos o bajos.
Estará en las afueras o en el centro.
Dos habitaciones, comedor y cuarto de estar,
o Lof diafano y persianas con domática,
o estufa catalítica.

Habrá
discos de los beatles,
basset hound perezosa,
paseos en el alambre
con la red preparada,
café por la mañana
montañas de besos con sabor
a dentífrico.

martes, 21 de octubre de 2008

¿Me vas a ayudar?

- Solo eres una putilla de barrio que nunca pasará de cobrar 20 euros por mamada a todos los jilipollas que te han sobado las tetas desde que te salieron a los 12 años. Cogeras los 20 euros y te gastaras diez en pañales para la panda de indeseables y bastardos que tendrás que criar y los otros diez en ginebra para olvidar la mierda de vida que tienes. Y esperaras que alguno de esos palurdos que te llaman cuando no están sus mujeres se enamore de ti, deje a la foca que duerme a su lado, abandone a los dos mocosos malcriados que tiene por hijos, y te pida que os vayais juntos a algún sitio cerca del mar. Yo pondré un taller de motos, te dirá, y tu una casa de comidas para que todos los alemanes rosados, todos los surfistas dorados, todos los buzos con barba, todas las solteras desesperadas, todos los niños malcriados y todos los abuelos babosos puedan probar tu maravillosa paella – me paré para respirar. La miré a los ojos – Pero, ¿sabes qué? Eso nunca va a pasar. Ellos nunca dejan a sus mujeres, NUNCA. Te darán los veinte euros y se olvidaran del mar, de la paella, del taller de motos y de tu nomnre incluso se olvidaran. Porque nunca las dejan, siempre vuelven y tu te tendrás que refugiar de nuevo en la ginebra y en los tapones para los oidos para no oir el llando de tus hijos.
En realidad estaba enamorado de ella. Lo estaba desde que tenía siete años y la vi por primera vez, desde aquel sábado de octubre de hacía ahora quince años en la que la vi llegar a la casa de al lado desde la ventana de mi habitación, desde que me fijé en aquellas dos trenzas, una más larga que otra, y aquella mochila de Mafalda cargada a la espalda. Desde aquel día estoy enamorado de ella.
- ¿Me vas a ayudar o solo querías insultarme?
Le caían lagrimas negras de rimel por la cara. Claro que la iba a ayudar, ella lo sabía mejor que nadie. La iba a ayudar a solucionar aquello y nos escaparíamos de casa haciendo autoestop hasta llegar a un sitio con mar. Yo pondría un taller de motos y ella una casa de comidas…

domingo, 12 de octubre de 2008

La casa

- No recuerdas lo felices que fuimos aquí Esteban?
No lloraba. Eran pequeños hipos, sollozos apenas perceptibles, un cambio en la inflexión de la voz que solo yo conocía y que me formaba el nudo en la garganta y la quemazón en los ojos.
Carmen, mi mujer, nunca dejaba que la dominasen las emociones. Las contenía perfectamente como la señorita educada que era. Solo se le escapaban pequeños tics, pistas que había aprendido a rastrear con los años para saber cómo se sentía. El ligero rictus en la boca cuando estaba furiosa, el leve roce en la oreja cuando tenía miedo, las manos entrelazadas cuando era feliz, esos pequeños hipos, esos sollozos sin ruido que hacía cuando estaba a punto de llorar
- No te acuerdas? Por estas baldosas gastadas dio Andresito sus primeros pasos, vacilantes y cómicos, jaleado por nosotros sentados en las sillas de la cocina. Mira, en el pico de esta mesita se dejó Alberto dos dientes, te acuerdas? Recuerdas el susto, la boca llena de sangre, la cara de susto de sus hermanos, tu propia cara de susto? Como no puedes recordar? Como te puede dar todo esto igual?
Y según iba relatando desgracias y alegrías que abarcaban más de treinta años correteaba de una habitación a otra, con una rapidez y agilidad que ya no le correspondía. Pasaba la mano por donde debía estar la mesita, miraba con ojos lánguidos el rincón donde siempre estuvo el sillón donde se sentaba a coser todas las tardes y del que ahora solo quedaba la silueta marcada en las baldosas más oscuras que tapó durante tantos años.
No, no me daba igual Carmen. Como me iba a dar igual. Pero yo también se guardarme las emociones, yo tampoco quiero llorar. Solo quiero cogerte de la mano fuerte y salir por la puerta y dejar todas esas siluetas fantasmales de muebles invisibles que me nublan, dejar de oír de una vez el eco tenebroso de nuestra propia voz, de tus carreritas frenéticas por cada habitación recordándome lo feliz que hemos sido en esta casa
- Por qué no has luchado más, Esteban? Esta casa la hicimos entre los dos, recuerdas? Aquellos fines de semana pintando las habitaciones juntos, las pausas sentados en el suelo frío y nos imaginábamos lo felices que íbamos a ser allí, los muebles comprados uno a uno, con dificultad, ahorrando cada peseta para tener una mesa sobre la que poner los cocidos. No te acuerdas lo que hemos luchado por esta casa, el esfuerzo que nos costó?
Como no me voy a acordar, Carmen? Como olvidar las horas extra en la fábrica, trabajando los fines de semana, trabajando de noche, perdiéndome la infancia de mis hijos para tener una casa propia. Pero como quieres que luche, Carmen? Cómo se lucha contra esto? Soy viejo y estoy cansado y además es imposible luchar contra esto, tú lo sabes, no me digas que no he luchado, es injusto. Luche y perdimos. Vamos a aceptarlo. Vamos a coger la puerta y a salir dignamente, antes de que venga algún policía y nos la tire debajo con un hacha.
- Venga Carmen, coge el bolso y vámonos. No podemos hacer nada ya.
Me mira. Por fin una lágrima cae rodando desganada por su mejilla. Me gustaría poder consolarla, decirla algo bonito, decirla que en la casa donde vamos también seremos felices. Me gustaría decirle algo parecido a lo que nuestro hijo Andrés le dijo ayer, que los lugares en los que hemos sido felices están siempre con nosotros. Pero no le digo nada, apenas me salen las palabras. La cojo de la mano y abrimos la puerta de nuestra casa por última vez.

Las grúas llevan allí desde el lunes. La nuestra es de las últimas. Los operarios fuman en un corro y se ríen de la ocurrencia de alguno. Nuestros vecinos deambulan entre los escombros, como sonámbulos, con la mirada perdida entre los cascotes, las maderas, los ladrillos que hasta hace una semana era su casa. Me prometo a mi mismo que yo no volveré a ese lugar, que no miraré por última vez, que me marcharé sin volver la vista atrás. Montamos en el coche de Alberto, que nos espera con cara de preocupado. Carmen tiembla ligeramente. La abrazo torpemente, como si fuese la primera vez, como si no llevásemos cuarenta años juntos. Las lágrimas caen ya sin remisión por sus mejillas y forman surcos rojizos. No puedo resistirlo y, mientras el coche avanza lentamente, miró para atrás. Un tipo vestido de azul está haciendo una marca en la puerta de la casa para indicar que está vacía. Nos alejamos con el sonido de la máquina excavadora dando marcha atrás.

viernes, 10 de octubre de 2008

El crimen del pintor que fumaba ducados

En verano bebemos
ginebra azul con soda verde,
siempre buscando el arco iris imposible.
Y hablamos con los libros
como si fueran nuestros amigos,
como si fueran alegres estribillos
de los Beach Boys
repletos de rubias, olas, palmeras
playas inmensas,
tablas de surf;
Hablamos con los libros
y simulamos no saber
que no son más
que putas resabiadas
que nos obligan a lavarnos
nuestro miembro,
lánguido y asustado,
en bidés repletos de desconchones
y animales invisibles.

Sólo quiero saber
si volverán las jodidas golondrinas
a formar sus nidos de barro frente a mi ventana,
si picotearan con rabia hitchcockiana
la calva cabeza
del pintor desaprensivo del ducados en la boca,
que el pasado junio
destrozó de un brochazo
sus cornisas de barro,
sus jardines de barro,
sus salones de barro.

Yo,
cegado por la ginebra azul,
atolondrado por el verano eterno,
por los besos con sabor a sal,
por las noches al fresco,
no me percate del crimen,
no protegí vuestro hogar.
Pero ahora,
con el invierno echándome
su aliento helado en la nuca
y en los pies
(sobre todo en los pies)
solo quiero poder mirar
desde mi habitación
la inmovilidad serena de vuestros nidos
mientras en la calle
se hielan las piedras.

Un, dos, tres... splash! (Sirenas)

Cuando andas por una gran ciudad hay varios elementos distintivos que nos marcan a los que somos de pueblo. El andar pausado (o al menos sin esa histeria suicida de las grandes ciudades que hace que la gente cruce los pasos de cebra en rojo y te empuje de manera violenta y te lleves bolsazos inmisericordes), el mirar todo con ojos de buho como si fuésemos Paco Martínez Soria, incluso el silbar, poca gente de ciudad silba por la calle, seguro porque piensan que para que, si total nadie los va a oír con tanto estruendo, sin darse cuenta que el que silba por la calle lo hace para él, nunca para los demás. Y otro de esos elementos distintivos de los no urbanitas es la reacción ante las sirenas. Da igual que sea de policía, de bomberos o una ambulancia, cuando oímos las sirenas detenemos nuestro caminar y nos giramos rápidamente hacia el lugar de donde procede el ruido. A nuestro alrededor, la gente sigue con sus carreras absurdas, hablando a gritos por el móvil invisible y con cara de hueso.
Yo aprendí de pequeño en la iglesia, a pesar de que no soy muy mayor, como tocar las campanas cuando hay que anunciar al pueblo que hay fuego en algún campo colindante. Era toda una ciencia lo de las campanas: tocar a misa de siete, a funeral, a boda, a misa de funeral, a novena, a fuego (que era extensible, creo recordar, a todo tipo de emergencias) Cuento esto para que la gente se haga una idea de las sirenas que oíamos en mi pueblo cuando yo era pequeño: ninguna. Y si de vez en cuando oíamos el ulular de alguna, la gravedad que se atribuía a la situación era tal que las mujeres se persignaban varias veces y en movimientos casi espasmódicos y volvían a casa, los hombres que no estaban en el bar se dirigían a él fumando nerviosamente y los que ya estaban en el bar salían a la puerta a otear el horizonte con un celtas sin filtro asomando por la comisura, los niños corríamos unos, los más asustadizos, a escondernos debajo de las faldas y otros, los más envalentonados, detrás del ruido a ver si descubrían de donde procedía. Éramos como Ulises y su tripulación, hipnotizados, cada uno a su modo, por el canto de las sirenas.
Ahora ya no ocurre esto. Ahora se oyen más frecuentemente y las campanas de la iglesia están automatizadas. Pero aún así, cuando se oyen sirenas, la gente se detiene, mira un horizonte imposible, algunas mujeres aún se persignan, los hombres hacen suposiciones beodas en las barras de los bares, y los niños… bueno los niños de ahora no son tan impresionables (además con los auriculares del mp3 es mucho más difícil escuchar nada)
Por eso cuando voy andando por las calles imposibles de Madrid y oigo una sirena, me detengo brevemente (es comprensible que tarde tanto en ir de un sitio a otro) y miro la ambulancia del SAMUR a toda velocidad o el coche de policías o el brillante camión de bomberos. Y pienso que habrá sucedido, invento historias, me imagino que mañana me enteraré en los periódicos de alguna desgracia. Porque las sirenas de ciudad, como las de la Odisea, siempre esconden problemas, desgracias, sucesos terribles. Y es por eso, por esa breve pausa, por ese aprensión ante las sirenas que no parecen sentir ninguna de las personas que corren por las calles de las ciudades ajenas a todo menos a ellos mismo, que pienso que en los pueblos aún somos un poco más humanos, aunque solo sea por los vestigios de un tiempo, no tan lejano, en el que estábamos aislados.

sábado, 4 de octubre de 2008

El día que murió George Harrison

El día que murió George Harrison yo ya tenía la consciencia suficiente y había oído la suficiente música como para saber que todos habíamos muerto un poco también. Y nos van quitando la ilusión y la esperanza poquito a poco, con cánceres de garganta y disparos en Nueva York y los 60 años de Bob Dylan cada vez dejan menos lugar a la esperanza y el no saber nada de Ringo y que Paul pierda a Linda y que Stanley Kubrick no llegase al 2001 ya nos sonó un poco a epitafio.
El día que murió George Harrison hacía sol por aquí y el viento no me quiso decir nada hasta las 12 del mediodía. El nudo, la pena y My sweet lord todo en la boca del estomago y Something martilleando mi cabeza a ritmo de sitar y Frank Sinatra dijo una vez que Something era la canción de amor más maravillosa del mundo y el día que murió George Harrison yo estuve de acuerdo con Frank Sinatra.
Ya hay más al otro lado que a este y eso siempre es malo, cuando los buenos muertos ganan en número a los buenos vivos hay que empezar a preocuparse.
El día que murió George Harrison fue un día malo, como estar pegando patadas a un balón durante horas y no lograr que avance ni un metro o algo parecido. Pasaron las horas y se fue la luz y a nadie por aquí parecía importarle verdaderamente que hubiese muerto y eso me cabrea y eso me da rabia. Seguro que más de uno de estos ignorantes con monos de trabajo, más de uno de estos estúpidos camareros de manos limpias y cuidadas, más de un camionero zafio y embrutecido se ligo a su mujer mientras bailaban Yesterday en algún baile de pueblo. Puta vida, los años y el trabajo, los hijos y las obligaciones, los días y las noches, hacen que olvides momentos como estar bailando Yesterday con una niña maravillosa un domingo de 1970 bajo la luz de la luna. Puta vida.

Aquellos años I

Siempre intentábamos mantener conversaciones como las del cine. Queríamos sentarnos en algún decadente y bohemio café del centro y tomar enormes tazas de chocolate caliente, contar anécdotas maravillosas y cambiar el mundo y enamorarnos. Todo eso sin movernos de nuestra banqueta.
Queríamos ser Marlon Brando y enamorar a las damas con los ojos caídos y la voz nasal. Queríamos ser Robert de Niro y combatir el crimen y decir esas frases tan bonitas, tan impactantes, tan perdurables. [No me gusta hablar del tiempo ni de los paraguas con sus varillas que se clavan en los ojos y dejan personas tuertas y ridículos parches de pirata y risas en las esquinas y detrás de las puertas. No me gusta hablar sobre gatos, porque Marlon Brando nunca habla de gatos, solo los acaricia mientras se atusa la barbilla lentamente]
Queríamos nuestras cervezas bien frías y espumosas, en grandes jarras colocadas estratégicamente en pequeñas mesas de madera con tatuajes ancestrales. Con una buena cerveza delante es más fácil cambiar el mundo o jugar al ajedrez o creerse James Dean incluso. Solo queríamos la cerveza, creíamos que con eso y una buena pose al fumar aparecerían las chicas bonitas y los trabajos bien pagados y enriquecedores. Nos veíamos nítidamente con el brazo alrededor de la cintura de una preciosa niña (sin pendientes) y trabajando como encantador de serpientes o taxidermistas.
Yo conseguí la chica más bonita del mundo y pensé que lo de escritor era lo más parecido a encantador de serpientes sin llevar flauta ni turbante. A mi la cerveza me funcionó y aunque nunca imite bien a Marlon Brando en el Padrino, ni tuve la caída de ojos de James Dean; aunque nunca fumé tan bien como Sean Penn, ni tuve el estilo de Johnny Deep, yo conseguí a la chica más bonita del mundo y ellos no. Además, ella nunca lleva pendientes.

viernes, 3 de octubre de 2008

Justicia poética II

Las cosas continuaron así durante toda la EGB. Parecía existir una confabulación para que siempre nos ganara el A. Si venía un chico nuevo que era bueno jugando al fútbol, tenía un apellido entre la A y la M. Los repetidores, al A. Crecían antes, tenían la pelusilla del bigote antes, eran más fuertes, más altos, más todo. Vestían chándal de marca y zapatillas nike, mientras nosotros llevábamos chándal de plástico que se quemaban nada más caer al suelo y nuestras madres nos ponían rodilleras de Mickey Mouse para hacerlos más ridículos aún y calzábamos zapatillas blancas con marcas surrealistas como Paredes o Nickey o Adisas a las que siempre se les despegaban las suelas justo cuando ibas a chutar. Perdíamos en fútbol y nos llevábamos las hostias jugando a mosca o al 1X2 o a cualquier otro juego de esos brutales que nos inventábamos.
Así hasta que llegó octavo. Las ligas eran ya más largas, se jugaban entre sexto, séptimo y octavo en los recreos. Siempre ganaban los mayores, los de octavo y ese era nuestro último año en el colegio. Teníamos buen equipo, el mejor de todos los años. Un portero alto, que iba mal por abajo pero casi imbatible por arriba, un par de cierres rudos y contundentes, un repetidor sin fondo físico (entre otras cosas porque ya tenía dieciséis años y fumaba como un carretero) pero con una clase descomunal, un Schuster en miniatura que jugaba por todo el campo y la pegaba con las dos piernas y yo de delantero. Pero ellos eran un súper equipo. Un portero repetidor que ya jugaba en los juveniles de fútbol 11, dos cierres con las piernas llenas de pelos (con lo que eso impresionaba) que no se andaban con tonterías, un par de repetidores que se las sabían todas y un chico de mi edad que parecía que me sacaba cuatro años, fuerte, alto y con un disparo desde media distancia que hacía temblar las porterías. Habían llegado a la final arrasando, ganando todos los partidos por goleada y sin apenas encajar un gol. Nosotros habíamos tenido muchas dificultades para ganar en semifinales a séptimo A, pero estábamos en la final y era nuestro momento.
Llegó el gran día. Nunca había deseado tanto que llegase el recreo como aquel día. Las tres primeras clases se me hicieron eternas. Había un runrún por toda la clase, un cuchicheo nervioso que pasaba de pupitre en pupitre y que recorría todo el aula. Las chicas nos tiraban notitas con escritura arabesca y pequeños corazoncitos animándonos a ganar, los compañeros que no iban a jugar nos palmoteaban la espalda en señal de apoyo, los profesores nos deseaban suerte al terminar la clase. Por fin sonó la sirena que anunciaba el recreo. Era nuestra oportunidad, nuestro momento. Ya no éramos los críos endebles que aguantaban los empujones y las collejas de los de la clase de al lado. Llevábamos chándal de marca como ellos, yo calzaba unas preciosas Puma impulse system indestructibles, nuestro repetidor estrella ya fumaba y llevaba pantalones cortos para el partido. Éramos un equipo y nos íbamos a resarcir de diez años de humillaciones futbolísticas.
Cuando llegamos a la pista de fútbol sala me empezaron a temblar las piernas. Todo el colegio estaba allí. Desde los pequeñines de primero de EGB hasta nuestros compañeros de pupitre. Profesores, bedeles, todo alrededor de la pista de juego. Aquello parecía un campo turco. Don Fermín, el profesor de gimnasia, pitó y el partido comenzó.
Empezamos nerviosos, demasiado nerviosos, éramos un flan que se mantenía en pie a duras penas y el gol de ellos se masticaba en el ambiente. Nos pasamos los cinco primeros minutos achicando balones de mala manera, oyendo el estruendo ensordecedor de un palo y un larguero que nos salvaron de manera milagrosa. Pero a los cinco minutos nos adelantamos nosotros. Cogí un rechace de nuestra defensa de espaldas a la portería, aguaté un par de tarascadas asesinas y cedí de cara a nuestra rubia estrella. Hizo un recorte a un defensa y la pegó perfecta, de empeine. Borró la escuadra. Lo grité con toda mi alma, hasta la afonía, hicimos una montaña de adolescentes en una esquina tirados en el duro cemento, las chicas de nuestra clase de mofaban de las de al lado, todos los cursos del B gritaron un gol interminable. Ahora, había que aguantar. El recreo duraba veinticinco minutos y ya solo quedaban quince. Había que aguantar, hacer faltas en el centro del campo, sacar alguna contra para asustar, tapar los disparos de su mejor hombre, perder tiempo, fingir lesiones. Había que aguantar.
La avalancha fue brutal. Diez minutos de tiros rozando el palo, faltas al borde del área, paradas imposibles de nuestro portero, penaltis reclamados con insistencia. Quedaba poco, ellos estaban cansados, lo teníamos controlado. Hasta que un disparo con la zurda casi desde el medio campo se coló, raso, por el poste derecho de nuestra portería. Me quedé helado. Intentaba dar palabras de ánimo a mis compañeros, pero apenas me salían balbuceos entrecortados por el cansancio. Quedaba poco, muy poco. En caso de empate habría una tanda de penaltis después de clase, y en los penaltis teníamos pocas posibilidades. Ataques imprecisos de unos y otros, los dos equipos con la lengua fuera. Ellos confiaban en los penaltis y nosotros no teníamos ni fuerzas ni calidad para irnos demasiado arriba. Y entonces llegó el milagro, la casualidad que nos redimió de diez años de derrotas, que borró de un plumazo nuestra fama de perdedores, de débiles, de pusilánimes, de inferiores. Un saque de banda cerca de su área que está pensado para que yo remate de cabeza. El balón viene llovido, blando, imposible darle fuerza con un cabezazo. Apenas la rozo. El balón cae manso entre una maraña de piernas, dos defensas suyos y un delantero nuestro. Sin saber como, uno de sus defensas despeja suavemente hacia atrás y el balón entra lentamente, llorando, sin apenas girar, tocando ligeramente el poste ante la mirada incrédula del portero que aún no sabe que ha pasado. Mi grito queda aplastado por la contundencia de la sirena que anuncia el final del recreo. Somos campeones, por primera vez somos campeones.

Justicia poética I

La selección era sencilla: de la A a la M, al A; y de la M a la Z, al B. Había apellidos conflictivos. Los Medina, Merino o Mérida vivían en una indeterminación constante y pasaban unos veranos angustiosos pues la llegada de un niño nuevo o la salida de alguno los podía condenar al terrible cambio de grupo, a los nuevos compañeros que ya tienen la pandilla hecha, al rechazo de los antiguos colegas que le ven como un desertor, involuntario si, pero desertor.
La primera humillación llegó demasiado pronto, a los siete añitos, aquel fatídico curso de primero de EGB. Y fue una humillación que comenzó urdida en las altas esferas, orquestada en primer lugar por los de arriba. Habían decidido nuestras profesoras hacer un campeonato de fútbol entre las dos clases, dos partidos, ida y vuelta, y había que elegir nombre para el equipo. Nos reunimos todos mis compañeros del B un recreo y empezamos a darle vueltas al nombre: los magníficos, los imparables, los magos del balón. Todos nombres que nos hicieran parecer mucho más temibles de lo que éramos en realidad, que mostraran toda la habilidad con el balón que en realidad no teníamos ni por asomo. Llegamos a clase con un nombre decidido, un nombre belicoso y rimbombante que hiciese temblar a los del A solo con oírlo. Se lo comunicamos entusiasmados a nuestra profesora. La cara que puso ya me hizo sospechar que nuestro nombre no iba a ser aprobado. Se quedo pensativa y nos dijo “¿Por qué no os llamáis Equipo Amarillo?” Equipo amarillo, no me jodas. Ese era el nombre que tenía un equipo que aparecía en el libro de texto, pero era un nombre de mierda. Las niñas de clase, que no jugaban al fútbol, se entusiasmaron con la idea de llamarnos Equipo amarillo y por esas cosas de la democracia nos quedamos con ese nombre. Cuando vi la cartulina en el pasillo que anunciaba los dos partidos de fútbol me di cuenta de que habíamos perdido antes de jugar: Equipo Amarillo vs. Águilas de Acero.
Jugábamos todos los recreos. El A contra el B. Jugábamos en un pasillo de arena de dos meros de ancho por seis de largo (la zona que nos dejaban gentilmente los cursos superiores) Jugábamos todos los días y todos los días perdíamos. Eran partidos de veinte contra veinte, todos los niños de cada clase corriendo detrás de un balón de plástico imposible de controlar. Cuarenta pulguitas moviéndose en un torbellino de polvo que apenas dejaba ver lo que estaba pasando. Pero aquello era distinto, aquellos partidos eran en pista de cemento, con balón de reglamento, seis contra seis, con árbitro, con faltas, con líneas de banda, con una cartulina colgada en el pasillo donde se pondría el resultado y que todo el colegio podría ver.
El primer partido se jugó un día después de las clases de la mañana bajo un sol abrasador. Es difícil recordarse físicamente a uno mismo con siete años. El pelo revuelto, supongo, los pantalones con rodilleras permanentes, las piernas como palillos. Pero no sale una imagen completa. Los sentimientos si que se recuerdan con mayor nitidez. Los ojos abrasados por las lágrimas retenidas, la impotencia, el flato de correr detrás de los rivales, las voces a los compañeros y el 7 a 0 escrito con rotulador negro brillando con fuerza en la cartulina del pasillo. Recuerdo llegar a casa y no querer comer y luego comer muy deprisa para ver si me empezaba a doler la tripa y no tenía que ir a clase por la tarde. Recuerdo el camino de vuelta al colegio, mi hermana tirando de mi brazo para que andase más deprisa y yo haciéndome el remolón, parándome ante cualquier escaparate, deteniéndome embobado a mirar los lenguados inertes de la pescadería, las manzanas rojas de brillo artificial de la frutería, los bandos incomprensibles del ayuntamiento. Cuando llegué al colegio, me coloqué cabizbajo en la fila, los ojos fijos en la puntera desgastada de mis zapatillas, los ojos ardiendo otra vez. No miraba a nadie, pero podía oír las risas de la fila de al lado, los “sieteacero” repetidos en voz alta una y otra vez. Aquella fue la tarde más larga de mi vida.