domingo, 12 de octubre de 2008

La casa

- No recuerdas lo felices que fuimos aquí Esteban?
No lloraba. Eran pequeños hipos, sollozos apenas perceptibles, un cambio en la inflexión de la voz que solo yo conocía y que me formaba el nudo en la garganta y la quemazón en los ojos.
Carmen, mi mujer, nunca dejaba que la dominasen las emociones. Las contenía perfectamente como la señorita educada que era. Solo se le escapaban pequeños tics, pistas que había aprendido a rastrear con los años para saber cómo se sentía. El ligero rictus en la boca cuando estaba furiosa, el leve roce en la oreja cuando tenía miedo, las manos entrelazadas cuando era feliz, esos pequeños hipos, esos sollozos sin ruido que hacía cuando estaba a punto de llorar
- No te acuerdas? Por estas baldosas gastadas dio Andresito sus primeros pasos, vacilantes y cómicos, jaleado por nosotros sentados en las sillas de la cocina. Mira, en el pico de esta mesita se dejó Alberto dos dientes, te acuerdas? Recuerdas el susto, la boca llena de sangre, la cara de susto de sus hermanos, tu propia cara de susto? Como no puedes recordar? Como te puede dar todo esto igual?
Y según iba relatando desgracias y alegrías que abarcaban más de treinta años correteaba de una habitación a otra, con una rapidez y agilidad que ya no le correspondía. Pasaba la mano por donde debía estar la mesita, miraba con ojos lánguidos el rincón donde siempre estuvo el sillón donde se sentaba a coser todas las tardes y del que ahora solo quedaba la silueta marcada en las baldosas más oscuras que tapó durante tantos años.
No, no me daba igual Carmen. Como me iba a dar igual. Pero yo también se guardarme las emociones, yo tampoco quiero llorar. Solo quiero cogerte de la mano fuerte y salir por la puerta y dejar todas esas siluetas fantasmales de muebles invisibles que me nublan, dejar de oír de una vez el eco tenebroso de nuestra propia voz, de tus carreritas frenéticas por cada habitación recordándome lo feliz que hemos sido en esta casa
- Por qué no has luchado más, Esteban? Esta casa la hicimos entre los dos, recuerdas? Aquellos fines de semana pintando las habitaciones juntos, las pausas sentados en el suelo frío y nos imaginábamos lo felices que íbamos a ser allí, los muebles comprados uno a uno, con dificultad, ahorrando cada peseta para tener una mesa sobre la que poner los cocidos. No te acuerdas lo que hemos luchado por esta casa, el esfuerzo que nos costó?
Como no me voy a acordar, Carmen? Como olvidar las horas extra en la fábrica, trabajando los fines de semana, trabajando de noche, perdiéndome la infancia de mis hijos para tener una casa propia. Pero como quieres que luche, Carmen? Cómo se lucha contra esto? Soy viejo y estoy cansado y además es imposible luchar contra esto, tú lo sabes, no me digas que no he luchado, es injusto. Luche y perdimos. Vamos a aceptarlo. Vamos a coger la puerta y a salir dignamente, antes de que venga algún policía y nos la tire debajo con un hacha.
- Venga Carmen, coge el bolso y vámonos. No podemos hacer nada ya.
Me mira. Por fin una lágrima cae rodando desganada por su mejilla. Me gustaría poder consolarla, decirla algo bonito, decirla que en la casa donde vamos también seremos felices. Me gustaría decirle algo parecido a lo que nuestro hijo Andrés le dijo ayer, que los lugares en los que hemos sido felices están siempre con nosotros. Pero no le digo nada, apenas me salen las palabras. La cojo de la mano y abrimos la puerta de nuestra casa por última vez.

Las grúas llevan allí desde el lunes. La nuestra es de las últimas. Los operarios fuman en un corro y se ríen de la ocurrencia de alguno. Nuestros vecinos deambulan entre los escombros, como sonámbulos, con la mirada perdida entre los cascotes, las maderas, los ladrillos que hasta hace una semana era su casa. Me prometo a mi mismo que yo no volveré a ese lugar, que no miraré por última vez, que me marcharé sin volver la vista atrás. Montamos en el coche de Alberto, que nos espera con cara de preocupado. Carmen tiembla ligeramente. La abrazo torpemente, como si fuese la primera vez, como si no llevásemos cuarenta años juntos. Las lágrimas caen ya sin remisión por sus mejillas y forman surcos rojizos. No puedo resistirlo y, mientras el coche avanza lentamente, miró para atrás. Un tipo vestido de azul está haciendo una marca en la puerta de la casa para indicar que está vacía. Nos alejamos con el sonido de la máquina excavadora dando marcha atrás.