Siempre intentábamos mantener conversaciones como las del cine. Queríamos sentarnos en algún decadente y bohemio café del centro y tomar enormes tazas de chocolate caliente, contar anécdotas maravillosas y cambiar el mundo y enamorarnos. Todo eso sin movernos de nuestra banqueta.
Queríamos ser Marlon Brando y enamorar a las damas con los ojos caídos y la voz nasal. Queríamos ser Robert de Niro y combatir el crimen y decir esas frases tan bonitas, tan impactantes, tan perdurables. [No me gusta hablar del tiempo ni de los paraguas con sus varillas que se clavan en los ojos y dejan personas tuertas y ridículos parches de pirata y risas en las esquinas y detrás de las puertas. No me gusta hablar sobre gatos, porque Marlon Brando nunca habla de gatos, solo los acaricia mientras se atusa la barbilla lentamente]
Queríamos nuestras cervezas bien frías y espumosas, en grandes jarras colocadas estratégicamente en pequeñas mesas de madera con tatuajes ancestrales. Con una buena cerveza delante es más fácil cambiar el mundo o jugar al ajedrez o creerse James Dean incluso. Solo queríamos la cerveza, creíamos que con eso y una buena pose al fumar aparecerían las chicas bonitas y los trabajos bien pagados y enriquecedores. Nos veíamos nítidamente con el brazo alrededor de la cintura de una preciosa niña (sin pendientes) y trabajando como encantador de serpientes o taxidermistas.
Yo conseguí la chica más bonita del mundo y pensé que lo de escritor era lo más parecido a encantador de serpientes sin llevar flauta ni turbante. A mi la cerveza me funcionó y aunque nunca imite bien a Marlon Brando en el Padrino, ni tuve la caída de ojos de James Dean; aunque nunca fumé tan bien como Sean Penn, ni tuve el estilo de Johnny Deep, yo conseguí a la chica más bonita del mundo y ellos no. Además, ella nunca lleva pendientes.
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1 comentario:
yo nunca llevo pendientes (gracias)
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