viernes, 3 de octubre de 2008

Justicia poética II

Las cosas continuaron así durante toda la EGB. Parecía existir una confabulación para que siempre nos ganara el A. Si venía un chico nuevo que era bueno jugando al fútbol, tenía un apellido entre la A y la M. Los repetidores, al A. Crecían antes, tenían la pelusilla del bigote antes, eran más fuertes, más altos, más todo. Vestían chándal de marca y zapatillas nike, mientras nosotros llevábamos chándal de plástico que se quemaban nada más caer al suelo y nuestras madres nos ponían rodilleras de Mickey Mouse para hacerlos más ridículos aún y calzábamos zapatillas blancas con marcas surrealistas como Paredes o Nickey o Adisas a las que siempre se les despegaban las suelas justo cuando ibas a chutar. Perdíamos en fútbol y nos llevábamos las hostias jugando a mosca o al 1X2 o a cualquier otro juego de esos brutales que nos inventábamos.
Así hasta que llegó octavo. Las ligas eran ya más largas, se jugaban entre sexto, séptimo y octavo en los recreos. Siempre ganaban los mayores, los de octavo y ese era nuestro último año en el colegio. Teníamos buen equipo, el mejor de todos los años. Un portero alto, que iba mal por abajo pero casi imbatible por arriba, un par de cierres rudos y contundentes, un repetidor sin fondo físico (entre otras cosas porque ya tenía dieciséis años y fumaba como un carretero) pero con una clase descomunal, un Schuster en miniatura que jugaba por todo el campo y la pegaba con las dos piernas y yo de delantero. Pero ellos eran un súper equipo. Un portero repetidor que ya jugaba en los juveniles de fútbol 11, dos cierres con las piernas llenas de pelos (con lo que eso impresionaba) que no se andaban con tonterías, un par de repetidores que se las sabían todas y un chico de mi edad que parecía que me sacaba cuatro años, fuerte, alto y con un disparo desde media distancia que hacía temblar las porterías. Habían llegado a la final arrasando, ganando todos los partidos por goleada y sin apenas encajar un gol. Nosotros habíamos tenido muchas dificultades para ganar en semifinales a séptimo A, pero estábamos en la final y era nuestro momento.
Llegó el gran día. Nunca había deseado tanto que llegase el recreo como aquel día. Las tres primeras clases se me hicieron eternas. Había un runrún por toda la clase, un cuchicheo nervioso que pasaba de pupitre en pupitre y que recorría todo el aula. Las chicas nos tiraban notitas con escritura arabesca y pequeños corazoncitos animándonos a ganar, los compañeros que no iban a jugar nos palmoteaban la espalda en señal de apoyo, los profesores nos deseaban suerte al terminar la clase. Por fin sonó la sirena que anunciaba el recreo. Era nuestra oportunidad, nuestro momento. Ya no éramos los críos endebles que aguantaban los empujones y las collejas de los de la clase de al lado. Llevábamos chándal de marca como ellos, yo calzaba unas preciosas Puma impulse system indestructibles, nuestro repetidor estrella ya fumaba y llevaba pantalones cortos para el partido. Éramos un equipo y nos íbamos a resarcir de diez años de humillaciones futbolísticas.
Cuando llegamos a la pista de fútbol sala me empezaron a temblar las piernas. Todo el colegio estaba allí. Desde los pequeñines de primero de EGB hasta nuestros compañeros de pupitre. Profesores, bedeles, todo alrededor de la pista de juego. Aquello parecía un campo turco. Don Fermín, el profesor de gimnasia, pitó y el partido comenzó.
Empezamos nerviosos, demasiado nerviosos, éramos un flan que se mantenía en pie a duras penas y el gol de ellos se masticaba en el ambiente. Nos pasamos los cinco primeros minutos achicando balones de mala manera, oyendo el estruendo ensordecedor de un palo y un larguero que nos salvaron de manera milagrosa. Pero a los cinco minutos nos adelantamos nosotros. Cogí un rechace de nuestra defensa de espaldas a la portería, aguaté un par de tarascadas asesinas y cedí de cara a nuestra rubia estrella. Hizo un recorte a un defensa y la pegó perfecta, de empeine. Borró la escuadra. Lo grité con toda mi alma, hasta la afonía, hicimos una montaña de adolescentes en una esquina tirados en el duro cemento, las chicas de nuestra clase de mofaban de las de al lado, todos los cursos del B gritaron un gol interminable. Ahora, había que aguantar. El recreo duraba veinticinco minutos y ya solo quedaban quince. Había que aguantar, hacer faltas en el centro del campo, sacar alguna contra para asustar, tapar los disparos de su mejor hombre, perder tiempo, fingir lesiones. Había que aguantar.
La avalancha fue brutal. Diez minutos de tiros rozando el palo, faltas al borde del área, paradas imposibles de nuestro portero, penaltis reclamados con insistencia. Quedaba poco, ellos estaban cansados, lo teníamos controlado. Hasta que un disparo con la zurda casi desde el medio campo se coló, raso, por el poste derecho de nuestra portería. Me quedé helado. Intentaba dar palabras de ánimo a mis compañeros, pero apenas me salían balbuceos entrecortados por el cansancio. Quedaba poco, muy poco. En caso de empate habría una tanda de penaltis después de clase, y en los penaltis teníamos pocas posibilidades. Ataques imprecisos de unos y otros, los dos equipos con la lengua fuera. Ellos confiaban en los penaltis y nosotros no teníamos ni fuerzas ni calidad para irnos demasiado arriba. Y entonces llegó el milagro, la casualidad que nos redimió de diez años de derrotas, que borró de un plumazo nuestra fama de perdedores, de débiles, de pusilánimes, de inferiores. Un saque de banda cerca de su área que está pensado para que yo remate de cabeza. El balón viene llovido, blando, imposible darle fuerza con un cabezazo. Apenas la rozo. El balón cae manso entre una maraña de piernas, dos defensas suyos y un delantero nuestro. Sin saber como, uno de sus defensas despeja suavemente hacia atrás y el balón entra lentamente, llorando, sin apenas girar, tocando ligeramente el poste ante la mirada incrédula del portero que aún no sabe que ha pasado. Mi grito queda aplastado por la contundencia de la sirena que anuncia el final del recreo. Somos campeones, por primera vez somos campeones.

7 comentarios:

noe dijo...

Tu prima seguro que estaba ahí apoyandote...ya ves que estaba...que para eso tu metías ostias como panes por ella..aunque la historia es verídica? tu metiste un gol?

SodaPop dijo...

Es todo verídico, desde el principio con el 7 a 0 en primero de EGB hasta esa victoria épica en 8º. Me acuerdo hasta de quien metio los goles (los de 8º, los de 1º no)

noe dijo...

Y quien los metió? mira ya me pica la curiosidad......bueno y cada vez que ponga un comentario tengo que poner la verificación de la palabra....??? pues menudo coñazo...

Anónimo dijo...

Yo viví esa final con mis compis de 7º A ... Enhorabuena campeones!!!

Anónimo dijo...

Por cierto... al año siguiente fuimos nosotros, los de 8º A los q la ganamos!

SodaPop dijo...

Si es que los del A siempre ganaban.... por eso tiene tanto mérito nuestra victoria

niñalunar dijo...

yo iba al C con todos los perdios de la vida.Mona,nosotras os ganamos a vosotras jugando a balonmano la final:7ºC-8ºB jajajajaja.como me gustaba a mí el balonmano y lo poco valorado que está en este país.podría haber llegado a algo.