viernes, 10 de octubre de 2008

Un, dos, tres... splash! (Sirenas)

Cuando andas por una gran ciudad hay varios elementos distintivos que nos marcan a los que somos de pueblo. El andar pausado (o al menos sin esa histeria suicida de las grandes ciudades que hace que la gente cruce los pasos de cebra en rojo y te empuje de manera violenta y te lleves bolsazos inmisericordes), el mirar todo con ojos de buho como si fuésemos Paco Martínez Soria, incluso el silbar, poca gente de ciudad silba por la calle, seguro porque piensan que para que, si total nadie los va a oír con tanto estruendo, sin darse cuenta que el que silba por la calle lo hace para él, nunca para los demás. Y otro de esos elementos distintivos de los no urbanitas es la reacción ante las sirenas. Da igual que sea de policía, de bomberos o una ambulancia, cuando oímos las sirenas detenemos nuestro caminar y nos giramos rápidamente hacia el lugar de donde procede el ruido. A nuestro alrededor, la gente sigue con sus carreras absurdas, hablando a gritos por el móvil invisible y con cara de hueso.
Yo aprendí de pequeño en la iglesia, a pesar de que no soy muy mayor, como tocar las campanas cuando hay que anunciar al pueblo que hay fuego en algún campo colindante. Era toda una ciencia lo de las campanas: tocar a misa de siete, a funeral, a boda, a misa de funeral, a novena, a fuego (que era extensible, creo recordar, a todo tipo de emergencias) Cuento esto para que la gente se haga una idea de las sirenas que oíamos en mi pueblo cuando yo era pequeño: ninguna. Y si de vez en cuando oíamos el ulular de alguna, la gravedad que se atribuía a la situación era tal que las mujeres se persignaban varias veces y en movimientos casi espasmódicos y volvían a casa, los hombres que no estaban en el bar se dirigían a él fumando nerviosamente y los que ya estaban en el bar salían a la puerta a otear el horizonte con un celtas sin filtro asomando por la comisura, los niños corríamos unos, los más asustadizos, a escondernos debajo de las faldas y otros, los más envalentonados, detrás del ruido a ver si descubrían de donde procedía. Éramos como Ulises y su tripulación, hipnotizados, cada uno a su modo, por el canto de las sirenas.
Ahora ya no ocurre esto. Ahora se oyen más frecuentemente y las campanas de la iglesia están automatizadas. Pero aún así, cuando se oyen sirenas, la gente se detiene, mira un horizonte imposible, algunas mujeres aún se persignan, los hombres hacen suposiciones beodas en las barras de los bares, y los niños… bueno los niños de ahora no son tan impresionables (además con los auriculares del mp3 es mucho más difícil escuchar nada)
Por eso cuando voy andando por las calles imposibles de Madrid y oigo una sirena, me detengo brevemente (es comprensible que tarde tanto en ir de un sitio a otro) y miro la ambulancia del SAMUR a toda velocidad o el coche de policías o el brillante camión de bomberos. Y pienso que habrá sucedido, invento historias, me imagino que mañana me enteraré en los periódicos de alguna desgracia. Porque las sirenas de ciudad, como las de la Odisea, siempre esconden problemas, desgracias, sucesos terribles. Y es por eso, por esa breve pausa, por ese aprensión ante las sirenas que no parecen sentir ninguna de las personas que corren por las calles de las ciudades ajenas a todo menos a ellos mismo, que pienso que en los pueblos aún somos un poco más humanos, aunque solo sea por los vestigios de un tiempo, no tan lejano, en el que estábamos aislados.

No hay comentarios: