María,
mi pecado
mi alegría
María
mi noche y mi día
mi muerte y mi vida.
María
aliento de la pena mía,
invento de la armonía,
miedo a la mirada perdida,
sueño de noche invadida.
María
amago de vida perdida,
desierto de agua podrida,
milonga de alma partida,
ojos de gaviota herida.
María,
mi pecado
mi alegría
mi noche y mi día
mi muerte y mi vida.
María
mi niña.
sábado, 25 de octubre de 2008
Malos días
escribo desde aquí, desde el púlpito de los olvidados, de la generación ineXistente. escribo desde el mas absoluto desconocimiento de la palabra vida, de sus significados, de sus sinónimos, de sus rincones. escribo con la absoluta certeza de la proximidad, del amor por los antónimos, por las palabras negadas y contrarias, desde el golpe en la cara y la respuesta soplando en el viento.
escribo desde el rumor de tripas que conduce a la desesperación que conduce a la muerte o a un alcoholismo prematuro. escribo desde la hache intercalada, y las mayúsculas machacadas, y la z con voz y voto. escribo porque es la forma mas limpia de vomitar, porque no mancha, porque daña sin disparar, porque despierta sin cubos de agua, porque quita resacas sin alka seltzer.
escribo porque no tengo mas remedio, porque es tan inevitable como la propia vida, y como el mismo fin de la misma. porque dentro de mi las cosas no se desarrollan como fuera, porque soy pretencioso. escribo desde la mas absoluta falta de talento, desde la valentía del anonimato, desde el seudónimo colgado en la solapa, desde la enfermedad inexistente y ansiada.
escribo desde el convencimiento de que hubo otros antes que yo, otros que tenían un rumor de tripas parecido. por aislarme del fango, por revolcarme un poco en las fangosas palabras, desde la madurez que no llega, desde un siglo que se acaba y nadie quiere mirar atrás ni hacerse responsable.
escribo porque no se hacer otra cosa, porque la poesía es cerebro y vida, porque las entrañas se me caen en las hojas en blanco, porque el diccionario no sabe mas que yo, porque los libros hablan a voces....
escribo porque ella ya no está (y nunca va a regresar)
escribo desde el rumor de tripas que conduce a la desesperación que conduce a la muerte o a un alcoholismo prematuro. escribo desde la hache intercalada, y las mayúsculas machacadas, y la z con voz y voto. escribo porque es la forma mas limpia de vomitar, porque no mancha, porque daña sin disparar, porque despierta sin cubos de agua, porque quita resacas sin alka seltzer.
escribo porque no tengo mas remedio, porque es tan inevitable como la propia vida, y como el mismo fin de la misma. porque dentro de mi las cosas no se desarrollan como fuera, porque soy pretencioso. escribo desde la mas absoluta falta de talento, desde la valentía del anonimato, desde el seudónimo colgado en la solapa, desde la enfermedad inexistente y ansiada.
escribo desde el convencimiento de que hubo otros antes que yo, otros que tenían un rumor de tripas parecido. por aislarme del fango, por revolcarme un poco en las fangosas palabras, desde la madurez que no llega, desde un siglo que se acaba y nadie quiere mirar atrás ni hacerse responsable.
escribo porque no se hacer otra cosa, porque la poesía es cerebro y vida, porque las entrañas se me caen en las hojas en blanco, porque el diccionario no sabe mas que yo, porque los libros hablan a voces....
escribo porque ella ya no está (y nunca va a regresar)
jueves, 23 de octubre de 2008
Hoy soñé contigo
Hoy soñé que me despertaba al lado de la niña lunar. Hacía mucho frío en la calle, llovía a mares y el viento hacía uhhhhh, como en un cuento de Poe. Cogíamos el teléfono y llamábamos al trabajo, fingiendo toses falsas poco creíbles, tapándonos la boca para no reírnos como dos niños traviesos. Luego nos quedábamos abrazados muchísimo tiempo, casi toda la mañana, en silencio, solo abrazados y sonriendo.
Las piernas entrelazadas, formando extrañas letras del alfabeto ruso. Las manos entrelazadas. Muy juntos, las bocas frente a frente. Besos ligeros, apenas caricias con los labios que se quedaban flotando varios minutos. La lluvia golpeando con fuerza el cristal empañado, los ruidos de la calle amortiguados, apenas perceptibles, apenas existentes.
Luego yo me levantaba con una manta sobre los hombros y me dedicaba a poner canciones que le gustaban. Las ponía muy bajitas, canciones lentas que hablaban de nosotros sin hablar de nosotros. Ella tarareaba en un susurro, como una cantante francesa mirando al techo con una sonrisa en los labios. El café podía esperar, los calendarios y los relojes podían esperar, la lluvia debería ser eterna, aquella mañana no debía acabar nunca.
Las piernas entrelazadas, formando extrañas letras del alfabeto ruso. Las manos entrelazadas. Muy juntos, las bocas frente a frente. Besos ligeros, apenas caricias con los labios que se quedaban flotando varios minutos. La lluvia golpeando con fuerza el cristal empañado, los ruidos de la calle amortiguados, apenas perceptibles, apenas existentes.
Luego yo me levantaba con una manta sobre los hombros y me dedicaba a poner canciones que le gustaban. Las ponía muy bajitas, canciones lentas que hablaban de nosotros sin hablar de nosotros. Ella tarareaba en un susurro, como una cantante francesa mirando al techo con una sonrisa en los labios. El café podía esperar, los calendarios y los relojes podían esperar, la lluvia debería ser eterna, aquella mañana no debía acabar nunca.
miércoles, 22 de octubre de 2008
Nuestra casa
Habrá
nidos de besos en cada rincón,
ejercitos de caricias,
calendarios abrasados.
Domingos en pijama
desayunos en la cama,
películas de miedo.
Será grande o pequeña
con pasillos estrechos
o iluminada por la luz de la mañana.
Tendrá cuadros abstractos
o posters del padrino.
Habrá
botellas de vino blanco,
cenas con velas,
sábanas sudorosas,
poemas de amor
escondidos bajo la almohada.
Las paredes serán verdes o azules o blancas,
los techos altos o bajos.
Estará en las afueras o en el centro.
Dos habitaciones, comedor y cuarto de estar,
o Lof diafano y persianas con domática,
o estufa catalítica.
Habrá
discos de los beatles,
basset hound perezosa,
paseos en el alambre
con la red preparada,
café por la mañana
montañas de besos con sabor
a dentífrico.
nidos de besos en cada rincón,
ejercitos de caricias,
calendarios abrasados.
Domingos en pijama
desayunos en la cama,
películas de miedo.
Será grande o pequeña
con pasillos estrechos
o iluminada por la luz de la mañana.
Tendrá cuadros abstractos
o posters del padrino.
Habrá
botellas de vino blanco,
cenas con velas,
sábanas sudorosas,
poemas de amor
escondidos bajo la almohada.
Las paredes serán verdes o azules o blancas,
los techos altos o bajos.
Estará en las afueras o en el centro.
Dos habitaciones, comedor y cuarto de estar,
o Lof diafano y persianas con domática,
o estufa catalítica.
Habrá
discos de los beatles,
basset hound perezosa,
paseos en el alambre
con la red preparada,
café por la mañana
montañas de besos con sabor
a dentífrico.
martes, 21 de octubre de 2008
¿Me vas a ayudar?
- Solo eres una putilla de barrio que nunca pasará de cobrar 20 euros por mamada a todos los jilipollas que te han sobado las tetas desde que te salieron a los 12 años. Cogeras los 20 euros y te gastaras diez en pañales para la panda de indeseables y bastardos que tendrás que criar y los otros diez en ginebra para olvidar la mierda de vida que tienes. Y esperaras que alguno de esos palurdos que te llaman cuando no están sus mujeres se enamore de ti, deje a la foca que duerme a su lado, abandone a los dos mocosos malcriados que tiene por hijos, y te pida que os vayais juntos a algún sitio cerca del mar. Yo pondré un taller de motos, te dirá, y tu una casa de comidas para que todos los alemanes rosados, todos los surfistas dorados, todos los buzos con barba, todas las solteras desesperadas, todos los niños malcriados y todos los abuelos babosos puedan probar tu maravillosa paella – me paré para respirar. La miré a los ojos – Pero, ¿sabes qué? Eso nunca va a pasar. Ellos nunca dejan a sus mujeres, NUNCA. Te darán los veinte euros y se olvidaran del mar, de la paella, del taller de motos y de tu nomnre incluso se olvidaran. Porque nunca las dejan, siempre vuelven y tu te tendrás que refugiar de nuevo en la ginebra y en los tapones para los oidos para no oir el llando de tus hijos.
En realidad estaba enamorado de ella. Lo estaba desde que tenía siete años y la vi por primera vez, desde aquel sábado de octubre de hacía ahora quince años en la que la vi llegar a la casa de al lado desde la ventana de mi habitación, desde que me fijé en aquellas dos trenzas, una más larga que otra, y aquella mochila de Mafalda cargada a la espalda. Desde aquel día estoy enamorado de ella.
- ¿Me vas a ayudar o solo querías insultarme?
Le caían lagrimas negras de rimel por la cara. Claro que la iba a ayudar, ella lo sabía mejor que nadie. La iba a ayudar a solucionar aquello y nos escaparíamos de casa haciendo autoestop hasta llegar a un sitio con mar. Yo pondría un taller de motos y ella una casa de comidas…
En realidad estaba enamorado de ella. Lo estaba desde que tenía siete años y la vi por primera vez, desde aquel sábado de octubre de hacía ahora quince años en la que la vi llegar a la casa de al lado desde la ventana de mi habitación, desde que me fijé en aquellas dos trenzas, una más larga que otra, y aquella mochila de Mafalda cargada a la espalda. Desde aquel día estoy enamorado de ella.
- ¿Me vas a ayudar o solo querías insultarme?
Le caían lagrimas negras de rimel por la cara. Claro que la iba a ayudar, ella lo sabía mejor que nadie. La iba a ayudar a solucionar aquello y nos escaparíamos de casa haciendo autoestop hasta llegar a un sitio con mar. Yo pondría un taller de motos y ella una casa de comidas…
domingo, 12 de octubre de 2008
La casa
- No recuerdas lo felices que fuimos aquí Esteban?
No lloraba. Eran pequeños hipos, sollozos apenas perceptibles, un cambio en la inflexión de la voz que solo yo conocía y que me formaba el nudo en la garganta y la quemazón en los ojos.
Carmen, mi mujer, nunca dejaba que la dominasen las emociones. Las contenía perfectamente como la señorita educada que era. Solo se le escapaban pequeños tics, pistas que había aprendido a rastrear con los años para saber cómo se sentía. El ligero rictus en la boca cuando estaba furiosa, el leve roce en la oreja cuando tenía miedo, las manos entrelazadas cuando era feliz, esos pequeños hipos, esos sollozos sin ruido que hacía cuando estaba a punto de llorar
- No te acuerdas? Por estas baldosas gastadas dio Andresito sus primeros pasos, vacilantes y cómicos, jaleado por nosotros sentados en las sillas de la cocina. Mira, en el pico de esta mesita se dejó Alberto dos dientes, te acuerdas? Recuerdas el susto, la boca llena de sangre, la cara de susto de sus hermanos, tu propia cara de susto? Como no puedes recordar? Como te puede dar todo esto igual?
Y según iba relatando desgracias y alegrías que abarcaban más de treinta años correteaba de una habitación a otra, con una rapidez y agilidad que ya no le correspondía. Pasaba la mano por donde debía estar la mesita, miraba con ojos lánguidos el rincón donde siempre estuvo el sillón donde se sentaba a coser todas las tardes y del que ahora solo quedaba la silueta marcada en las baldosas más oscuras que tapó durante tantos años.
No, no me daba igual Carmen. Como me iba a dar igual. Pero yo también se guardarme las emociones, yo tampoco quiero llorar. Solo quiero cogerte de la mano fuerte y salir por la puerta y dejar todas esas siluetas fantasmales de muebles invisibles que me nublan, dejar de oír de una vez el eco tenebroso de nuestra propia voz, de tus carreritas frenéticas por cada habitación recordándome lo feliz que hemos sido en esta casa
- Por qué no has luchado más, Esteban? Esta casa la hicimos entre los dos, recuerdas? Aquellos fines de semana pintando las habitaciones juntos, las pausas sentados en el suelo frío y nos imaginábamos lo felices que íbamos a ser allí, los muebles comprados uno a uno, con dificultad, ahorrando cada peseta para tener una mesa sobre la que poner los cocidos. No te acuerdas lo que hemos luchado por esta casa, el esfuerzo que nos costó?
Como no me voy a acordar, Carmen? Como olvidar las horas extra en la fábrica, trabajando los fines de semana, trabajando de noche, perdiéndome la infancia de mis hijos para tener una casa propia. Pero como quieres que luche, Carmen? Cómo se lucha contra esto? Soy viejo y estoy cansado y además es imposible luchar contra esto, tú lo sabes, no me digas que no he luchado, es injusto. Luche y perdimos. Vamos a aceptarlo. Vamos a coger la puerta y a salir dignamente, antes de que venga algún policía y nos la tire debajo con un hacha.
- Venga Carmen, coge el bolso y vámonos. No podemos hacer nada ya.
Me mira. Por fin una lágrima cae rodando desganada por su mejilla. Me gustaría poder consolarla, decirla algo bonito, decirla que en la casa donde vamos también seremos felices. Me gustaría decirle algo parecido a lo que nuestro hijo Andrés le dijo ayer, que los lugares en los que hemos sido felices están siempre con nosotros. Pero no le digo nada, apenas me salen las palabras. La cojo de la mano y abrimos la puerta de nuestra casa por última vez.
Las grúas llevan allí desde el lunes. La nuestra es de las últimas. Los operarios fuman en un corro y se ríen de la ocurrencia de alguno. Nuestros vecinos deambulan entre los escombros, como sonámbulos, con la mirada perdida entre los cascotes, las maderas, los ladrillos que hasta hace una semana era su casa. Me prometo a mi mismo que yo no volveré a ese lugar, que no miraré por última vez, que me marcharé sin volver la vista atrás. Montamos en el coche de Alberto, que nos espera con cara de preocupado. Carmen tiembla ligeramente. La abrazo torpemente, como si fuese la primera vez, como si no llevásemos cuarenta años juntos. Las lágrimas caen ya sin remisión por sus mejillas y forman surcos rojizos. No puedo resistirlo y, mientras el coche avanza lentamente, miró para atrás. Un tipo vestido de azul está haciendo una marca en la puerta de la casa para indicar que está vacía. Nos alejamos con el sonido de la máquina excavadora dando marcha atrás.
No lloraba. Eran pequeños hipos, sollozos apenas perceptibles, un cambio en la inflexión de la voz que solo yo conocía y que me formaba el nudo en la garganta y la quemazón en los ojos.
Carmen, mi mujer, nunca dejaba que la dominasen las emociones. Las contenía perfectamente como la señorita educada que era. Solo se le escapaban pequeños tics, pistas que había aprendido a rastrear con los años para saber cómo se sentía. El ligero rictus en la boca cuando estaba furiosa, el leve roce en la oreja cuando tenía miedo, las manos entrelazadas cuando era feliz, esos pequeños hipos, esos sollozos sin ruido que hacía cuando estaba a punto de llorar
- No te acuerdas? Por estas baldosas gastadas dio Andresito sus primeros pasos, vacilantes y cómicos, jaleado por nosotros sentados en las sillas de la cocina. Mira, en el pico de esta mesita se dejó Alberto dos dientes, te acuerdas? Recuerdas el susto, la boca llena de sangre, la cara de susto de sus hermanos, tu propia cara de susto? Como no puedes recordar? Como te puede dar todo esto igual?
Y según iba relatando desgracias y alegrías que abarcaban más de treinta años correteaba de una habitación a otra, con una rapidez y agilidad que ya no le correspondía. Pasaba la mano por donde debía estar la mesita, miraba con ojos lánguidos el rincón donde siempre estuvo el sillón donde se sentaba a coser todas las tardes y del que ahora solo quedaba la silueta marcada en las baldosas más oscuras que tapó durante tantos años.
No, no me daba igual Carmen. Como me iba a dar igual. Pero yo también se guardarme las emociones, yo tampoco quiero llorar. Solo quiero cogerte de la mano fuerte y salir por la puerta y dejar todas esas siluetas fantasmales de muebles invisibles que me nublan, dejar de oír de una vez el eco tenebroso de nuestra propia voz, de tus carreritas frenéticas por cada habitación recordándome lo feliz que hemos sido en esta casa
- Por qué no has luchado más, Esteban? Esta casa la hicimos entre los dos, recuerdas? Aquellos fines de semana pintando las habitaciones juntos, las pausas sentados en el suelo frío y nos imaginábamos lo felices que íbamos a ser allí, los muebles comprados uno a uno, con dificultad, ahorrando cada peseta para tener una mesa sobre la que poner los cocidos. No te acuerdas lo que hemos luchado por esta casa, el esfuerzo que nos costó?
Como no me voy a acordar, Carmen? Como olvidar las horas extra en la fábrica, trabajando los fines de semana, trabajando de noche, perdiéndome la infancia de mis hijos para tener una casa propia. Pero como quieres que luche, Carmen? Cómo se lucha contra esto? Soy viejo y estoy cansado y además es imposible luchar contra esto, tú lo sabes, no me digas que no he luchado, es injusto. Luche y perdimos. Vamos a aceptarlo. Vamos a coger la puerta y a salir dignamente, antes de que venga algún policía y nos la tire debajo con un hacha.
- Venga Carmen, coge el bolso y vámonos. No podemos hacer nada ya.
Me mira. Por fin una lágrima cae rodando desganada por su mejilla. Me gustaría poder consolarla, decirla algo bonito, decirla que en la casa donde vamos también seremos felices. Me gustaría decirle algo parecido a lo que nuestro hijo Andrés le dijo ayer, que los lugares en los que hemos sido felices están siempre con nosotros. Pero no le digo nada, apenas me salen las palabras. La cojo de la mano y abrimos la puerta de nuestra casa por última vez.
Las grúas llevan allí desde el lunes. La nuestra es de las últimas. Los operarios fuman en un corro y se ríen de la ocurrencia de alguno. Nuestros vecinos deambulan entre los escombros, como sonámbulos, con la mirada perdida entre los cascotes, las maderas, los ladrillos que hasta hace una semana era su casa. Me prometo a mi mismo que yo no volveré a ese lugar, que no miraré por última vez, que me marcharé sin volver la vista atrás. Montamos en el coche de Alberto, que nos espera con cara de preocupado. Carmen tiembla ligeramente. La abrazo torpemente, como si fuese la primera vez, como si no llevásemos cuarenta años juntos. Las lágrimas caen ya sin remisión por sus mejillas y forman surcos rojizos. No puedo resistirlo y, mientras el coche avanza lentamente, miró para atrás. Un tipo vestido de azul está haciendo una marca en la puerta de la casa para indicar que está vacía. Nos alejamos con el sonido de la máquina excavadora dando marcha atrás.
viernes, 10 de octubre de 2008
El crimen del pintor que fumaba ducados
En verano bebemos
ginebra azul con soda verde,
siempre buscando el arco iris imposible.
Y hablamos con los libros
como si fueran nuestros amigos,
como si fueran alegres estribillos
de los Beach Boys
repletos de rubias, olas, palmeras
playas inmensas,
tablas de surf;
Hablamos con los libros
y simulamos no saber
que no son más
que putas resabiadas
que nos obligan a lavarnos
nuestro miembro,
lánguido y asustado,
en bidés repletos de desconchones
y animales invisibles.
Sólo quiero saber
si volverán las jodidas golondrinas
a formar sus nidos de barro frente a mi ventana,
si picotearan con rabia hitchcockiana
la calva cabeza
del pintor desaprensivo del ducados en la boca,
que el pasado junio
destrozó de un brochazo
sus cornisas de barro,
sus jardines de barro,
sus salones de barro.
Yo,
cegado por la ginebra azul,
atolondrado por el verano eterno,
por los besos con sabor a sal,
por las noches al fresco,
no me percate del crimen,
no protegí vuestro hogar.
Pero ahora,
con el invierno echándome
su aliento helado en la nuca
y en los pies
(sobre todo en los pies)
solo quiero poder mirar
desde mi habitación
la inmovilidad serena de vuestros nidos
mientras en la calle
se hielan las piedras.
ginebra azul con soda verde,
siempre buscando el arco iris imposible.
Y hablamos con los libros
como si fueran nuestros amigos,
como si fueran alegres estribillos
de los Beach Boys
repletos de rubias, olas, palmeras
playas inmensas,
tablas de surf;
Hablamos con los libros
y simulamos no saber
que no son más
que putas resabiadas
que nos obligan a lavarnos
nuestro miembro,
lánguido y asustado,
en bidés repletos de desconchones
y animales invisibles.
Sólo quiero saber
si volverán las jodidas golondrinas
a formar sus nidos de barro frente a mi ventana,
si picotearan con rabia hitchcockiana
la calva cabeza
del pintor desaprensivo del ducados en la boca,
que el pasado junio
destrozó de un brochazo
sus cornisas de barro,
sus jardines de barro,
sus salones de barro.
Yo,
cegado por la ginebra azul,
atolondrado por el verano eterno,
por los besos con sabor a sal,
por las noches al fresco,
no me percate del crimen,
no protegí vuestro hogar.
Pero ahora,
con el invierno echándome
su aliento helado en la nuca
y en los pies
(sobre todo en los pies)
solo quiero poder mirar
desde mi habitación
la inmovilidad serena de vuestros nidos
mientras en la calle
se hielan las piedras.
Un, dos, tres... splash! (Sirenas)
Cuando andas por una gran ciudad hay varios elementos distintivos que nos marcan a los que somos de pueblo. El andar pausado (o al menos sin esa histeria suicida de las grandes ciudades que hace que la gente cruce los pasos de cebra en rojo y te empuje de manera violenta y te lleves bolsazos inmisericordes), el mirar todo con ojos de buho como si fuésemos Paco Martínez Soria, incluso el silbar, poca gente de ciudad silba por la calle, seguro porque piensan que para que, si total nadie los va a oír con tanto estruendo, sin darse cuenta que el que silba por la calle lo hace para él, nunca para los demás. Y otro de esos elementos distintivos de los no urbanitas es la reacción ante las sirenas. Da igual que sea de policía, de bomberos o una ambulancia, cuando oímos las sirenas detenemos nuestro caminar y nos giramos rápidamente hacia el lugar de donde procede el ruido. A nuestro alrededor, la gente sigue con sus carreras absurdas, hablando a gritos por el móvil invisible y con cara de hueso.
Yo aprendí de pequeño en la iglesia, a pesar de que no soy muy mayor, como tocar las campanas cuando hay que anunciar al pueblo que hay fuego en algún campo colindante. Era toda una ciencia lo de las campanas: tocar a misa de siete, a funeral, a boda, a misa de funeral, a novena, a fuego (que era extensible, creo recordar, a todo tipo de emergencias) Cuento esto para que la gente se haga una idea de las sirenas que oíamos en mi pueblo cuando yo era pequeño: ninguna. Y si de vez en cuando oíamos el ulular de alguna, la gravedad que se atribuía a la situación era tal que las mujeres se persignaban varias veces y en movimientos casi espasmódicos y volvían a casa, los hombres que no estaban en el bar se dirigían a él fumando nerviosamente y los que ya estaban en el bar salían a la puerta a otear el horizonte con un celtas sin filtro asomando por la comisura, los niños corríamos unos, los más asustadizos, a escondernos debajo de las faldas y otros, los más envalentonados, detrás del ruido a ver si descubrían de donde procedía. Éramos como Ulises y su tripulación, hipnotizados, cada uno a su modo, por el canto de las sirenas.
Ahora ya no ocurre esto. Ahora se oyen más frecuentemente y las campanas de la iglesia están automatizadas. Pero aún así, cuando se oyen sirenas, la gente se detiene, mira un horizonte imposible, algunas mujeres aún se persignan, los hombres hacen suposiciones beodas en las barras de los bares, y los niños… bueno los niños de ahora no son tan impresionables (además con los auriculares del mp3 es mucho más difícil escuchar nada)
Por eso cuando voy andando por las calles imposibles de Madrid y oigo una sirena, me detengo brevemente (es comprensible que tarde tanto en ir de un sitio a otro) y miro la ambulancia del SAMUR a toda velocidad o el coche de policías o el brillante camión de bomberos. Y pienso que habrá sucedido, invento historias, me imagino que mañana me enteraré en los periódicos de alguna desgracia. Porque las sirenas de ciudad, como las de la Odisea, siempre esconden problemas, desgracias, sucesos terribles. Y es por eso, por esa breve pausa, por ese aprensión ante las sirenas que no parecen sentir ninguna de las personas que corren por las calles de las ciudades ajenas a todo menos a ellos mismo, que pienso que en los pueblos aún somos un poco más humanos, aunque solo sea por los vestigios de un tiempo, no tan lejano, en el que estábamos aislados.
Yo aprendí de pequeño en la iglesia, a pesar de que no soy muy mayor, como tocar las campanas cuando hay que anunciar al pueblo que hay fuego en algún campo colindante. Era toda una ciencia lo de las campanas: tocar a misa de siete, a funeral, a boda, a misa de funeral, a novena, a fuego (que era extensible, creo recordar, a todo tipo de emergencias) Cuento esto para que la gente se haga una idea de las sirenas que oíamos en mi pueblo cuando yo era pequeño: ninguna. Y si de vez en cuando oíamos el ulular de alguna, la gravedad que se atribuía a la situación era tal que las mujeres se persignaban varias veces y en movimientos casi espasmódicos y volvían a casa, los hombres que no estaban en el bar se dirigían a él fumando nerviosamente y los que ya estaban en el bar salían a la puerta a otear el horizonte con un celtas sin filtro asomando por la comisura, los niños corríamos unos, los más asustadizos, a escondernos debajo de las faldas y otros, los más envalentonados, detrás del ruido a ver si descubrían de donde procedía. Éramos como Ulises y su tripulación, hipnotizados, cada uno a su modo, por el canto de las sirenas.
Ahora ya no ocurre esto. Ahora se oyen más frecuentemente y las campanas de la iglesia están automatizadas. Pero aún así, cuando se oyen sirenas, la gente se detiene, mira un horizonte imposible, algunas mujeres aún se persignan, los hombres hacen suposiciones beodas en las barras de los bares, y los niños… bueno los niños de ahora no son tan impresionables (además con los auriculares del mp3 es mucho más difícil escuchar nada)
Por eso cuando voy andando por las calles imposibles de Madrid y oigo una sirena, me detengo brevemente (es comprensible que tarde tanto en ir de un sitio a otro) y miro la ambulancia del SAMUR a toda velocidad o el coche de policías o el brillante camión de bomberos. Y pienso que habrá sucedido, invento historias, me imagino que mañana me enteraré en los periódicos de alguna desgracia. Porque las sirenas de ciudad, como las de la Odisea, siempre esconden problemas, desgracias, sucesos terribles. Y es por eso, por esa breve pausa, por ese aprensión ante las sirenas que no parecen sentir ninguna de las personas que corren por las calles de las ciudades ajenas a todo menos a ellos mismo, que pienso que en los pueblos aún somos un poco más humanos, aunque solo sea por los vestigios de un tiempo, no tan lejano, en el que estábamos aislados.
sábado, 4 de octubre de 2008
El día que murió George Harrison
El día que murió George Harrison yo ya tenía la consciencia suficiente y había oído la suficiente música como para saber que todos habíamos muerto un poco también. Y nos van quitando la ilusión y la esperanza poquito a poco, con cánceres de garganta y disparos en Nueva York y los 60 años de Bob Dylan cada vez dejan menos lugar a la esperanza y el no saber nada de Ringo y que Paul pierda a Linda y que Stanley Kubrick no llegase al 2001 ya nos sonó un poco a epitafio.
El día que murió George Harrison hacía sol por aquí y el viento no me quiso decir nada hasta las 12 del mediodía. El nudo, la pena y My sweet lord todo en la boca del estomago y Something martilleando mi cabeza a ritmo de sitar y Frank Sinatra dijo una vez que Something era la canción de amor más maravillosa del mundo y el día que murió George Harrison yo estuve de acuerdo con Frank Sinatra.
Ya hay más al otro lado que a este y eso siempre es malo, cuando los buenos muertos ganan en número a los buenos vivos hay que empezar a preocuparse.
El día que murió George Harrison fue un día malo, como estar pegando patadas a un balón durante horas y no lograr que avance ni un metro o algo parecido. Pasaron las horas y se fue la luz y a nadie por aquí parecía importarle verdaderamente que hubiese muerto y eso me cabrea y eso me da rabia. Seguro que más de uno de estos ignorantes con monos de trabajo, más de uno de estos estúpidos camareros de manos limpias y cuidadas, más de un camionero zafio y embrutecido se ligo a su mujer mientras bailaban Yesterday en algún baile de pueblo. Puta vida, los años y el trabajo, los hijos y las obligaciones, los días y las noches, hacen que olvides momentos como estar bailando Yesterday con una niña maravillosa un domingo de 1970 bajo la luz de la luna. Puta vida.
El día que murió George Harrison hacía sol por aquí y el viento no me quiso decir nada hasta las 12 del mediodía. El nudo, la pena y My sweet lord todo en la boca del estomago y Something martilleando mi cabeza a ritmo de sitar y Frank Sinatra dijo una vez que Something era la canción de amor más maravillosa del mundo y el día que murió George Harrison yo estuve de acuerdo con Frank Sinatra.
Ya hay más al otro lado que a este y eso siempre es malo, cuando los buenos muertos ganan en número a los buenos vivos hay que empezar a preocuparse.
El día que murió George Harrison fue un día malo, como estar pegando patadas a un balón durante horas y no lograr que avance ni un metro o algo parecido. Pasaron las horas y se fue la luz y a nadie por aquí parecía importarle verdaderamente que hubiese muerto y eso me cabrea y eso me da rabia. Seguro que más de uno de estos ignorantes con monos de trabajo, más de uno de estos estúpidos camareros de manos limpias y cuidadas, más de un camionero zafio y embrutecido se ligo a su mujer mientras bailaban Yesterday en algún baile de pueblo. Puta vida, los años y el trabajo, los hijos y las obligaciones, los días y las noches, hacen que olvides momentos como estar bailando Yesterday con una niña maravillosa un domingo de 1970 bajo la luz de la luna. Puta vida.
Aquellos años I
Siempre intentábamos mantener conversaciones como las del cine. Queríamos sentarnos en algún decadente y bohemio café del centro y tomar enormes tazas de chocolate caliente, contar anécdotas maravillosas y cambiar el mundo y enamorarnos. Todo eso sin movernos de nuestra banqueta.
Queríamos ser Marlon Brando y enamorar a las damas con los ojos caídos y la voz nasal. Queríamos ser Robert de Niro y combatir el crimen y decir esas frases tan bonitas, tan impactantes, tan perdurables. [No me gusta hablar del tiempo ni de los paraguas con sus varillas que se clavan en los ojos y dejan personas tuertas y ridículos parches de pirata y risas en las esquinas y detrás de las puertas. No me gusta hablar sobre gatos, porque Marlon Brando nunca habla de gatos, solo los acaricia mientras se atusa la barbilla lentamente]
Queríamos nuestras cervezas bien frías y espumosas, en grandes jarras colocadas estratégicamente en pequeñas mesas de madera con tatuajes ancestrales. Con una buena cerveza delante es más fácil cambiar el mundo o jugar al ajedrez o creerse James Dean incluso. Solo queríamos la cerveza, creíamos que con eso y una buena pose al fumar aparecerían las chicas bonitas y los trabajos bien pagados y enriquecedores. Nos veíamos nítidamente con el brazo alrededor de la cintura de una preciosa niña (sin pendientes) y trabajando como encantador de serpientes o taxidermistas.
Yo conseguí la chica más bonita del mundo y pensé que lo de escritor era lo más parecido a encantador de serpientes sin llevar flauta ni turbante. A mi la cerveza me funcionó y aunque nunca imite bien a Marlon Brando en el Padrino, ni tuve la caída de ojos de James Dean; aunque nunca fumé tan bien como Sean Penn, ni tuve el estilo de Johnny Deep, yo conseguí a la chica más bonita del mundo y ellos no. Además, ella nunca lleva pendientes.
Queríamos ser Marlon Brando y enamorar a las damas con los ojos caídos y la voz nasal. Queríamos ser Robert de Niro y combatir el crimen y decir esas frases tan bonitas, tan impactantes, tan perdurables. [No me gusta hablar del tiempo ni de los paraguas con sus varillas que se clavan en los ojos y dejan personas tuertas y ridículos parches de pirata y risas en las esquinas y detrás de las puertas. No me gusta hablar sobre gatos, porque Marlon Brando nunca habla de gatos, solo los acaricia mientras se atusa la barbilla lentamente]
Queríamos nuestras cervezas bien frías y espumosas, en grandes jarras colocadas estratégicamente en pequeñas mesas de madera con tatuajes ancestrales. Con una buena cerveza delante es más fácil cambiar el mundo o jugar al ajedrez o creerse James Dean incluso. Solo queríamos la cerveza, creíamos que con eso y una buena pose al fumar aparecerían las chicas bonitas y los trabajos bien pagados y enriquecedores. Nos veíamos nítidamente con el brazo alrededor de la cintura de una preciosa niña (sin pendientes) y trabajando como encantador de serpientes o taxidermistas.
Yo conseguí la chica más bonita del mundo y pensé que lo de escritor era lo más parecido a encantador de serpientes sin llevar flauta ni turbante. A mi la cerveza me funcionó y aunque nunca imite bien a Marlon Brando en el Padrino, ni tuve la caída de ojos de James Dean; aunque nunca fumé tan bien como Sean Penn, ni tuve el estilo de Johnny Deep, yo conseguí a la chica más bonita del mundo y ellos no. Además, ella nunca lleva pendientes.
viernes, 3 de octubre de 2008
Justicia poética II
Las cosas continuaron así durante toda la EGB. Parecía existir una confabulación para que siempre nos ganara el A. Si venía un chico nuevo que era bueno jugando al fútbol, tenía un apellido entre la A y la M. Los repetidores, al A. Crecían antes, tenían la pelusilla del bigote antes, eran más fuertes, más altos, más todo. Vestían chándal de marca y zapatillas nike, mientras nosotros llevábamos chándal de plástico que se quemaban nada más caer al suelo y nuestras madres nos ponían rodilleras de Mickey Mouse para hacerlos más ridículos aún y calzábamos zapatillas blancas con marcas surrealistas como Paredes o Nickey o Adisas a las que siempre se les despegaban las suelas justo cuando ibas a chutar. Perdíamos en fútbol y nos llevábamos las hostias jugando a mosca o al 1X2 o a cualquier otro juego de esos brutales que nos inventábamos.
Así hasta que llegó octavo. Las ligas eran ya más largas, se jugaban entre sexto, séptimo y octavo en los recreos. Siempre ganaban los mayores, los de octavo y ese era nuestro último año en el colegio. Teníamos buen equipo, el mejor de todos los años. Un portero alto, que iba mal por abajo pero casi imbatible por arriba, un par de cierres rudos y contundentes, un repetidor sin fondo físico (entre otras cosas porque ya tenía dieciséis años y fumaba como un carretero) pero con una clase descomunal, un Schuster en miniatura que jugaba por todo el campo y la pegaba con las dos piernas y yo de delantero. Pero ellos eran un súper equipo. Un portero repetidor que ya jugaba en los juveniles de fútbol 11, dos cierres con las piernas llenas de pelos (con lo que eso impresionaba) que no se andaban con tonterías, un par de repetidores que se las sabían todas y un chico de mi edad que parecía que me sacaba cuatro años, fuerte, alto y con un disparo desde media distancia que hacía temblar las porterías. Habían llegado a la final arrasando, ganando todos los partidos por goleada y sin apenas encajar un gol. Nosotros habíamos tenido muchas dificultades para ganar en semifinales a séptimo A, pero estábamos en la final y era nuestro momento.
Llegó el gran día. Nunca había deseado tanto que llegase el recreo como aquel día. Las tres primeras clases se me hicieron eternas. Había un runrún por toda la clase, un cuchicheo nervioso que pasaba de pupitre en pupitre y que recorría todo el aula. Las chicas nos tiraban notitas con escritura arabesca y pequeños corazoncitos animándonos a ganar, los compañeros que no iban a jugar nos palmoteaban la espalda en señal de apoyo, los profesores nos deseaban suerte al terminar la clase. Por fin sonó la sirena que anunciaba el recreo. Era nuestra oportunidad, nuestro momento. Ya no éramos los críos endebles que aguantaban los empujones y las collejas de los de la clase de al lado. Llevábamos chándal de marca como ellos, yo calzaba unas preciosas Puma impulse system indestructibles, nuestro repetidor estrella ya fumaba y llevaba pantalones cortos para el partido. Éramos un equipo y nos íbamos a resarcir de diez años de humillaciones futbolísticas.
Cuando llegamos a la pista de fútbol sala me empezaron a temblar las piernas. Todo el colegio estaba allí. Desde los pequeñines de primero de EGB hasta nuestros compañeros de pupitre. Profesores, bedeles, todo alrededor de la pista de juego. Aquello parecía un campo turco. Don Fermín, el profesor de gimnasia, pitó y el partido comenzó.
Empezamos nerviosos, demasiado nerviosos, éramos un flan que se mantenía en pie a duras penas y el gol de ellos se masticaba en el ambiente. Nos pasamos los cinco primeros minutos achicando balones de mala manera, oyendo el estruendo ensordecedor de un palo y un larguero que nos salvaron de manera milagrosa. Pero a los cinco minutos nos adelantamos nosotros. Cogí un rechace de nuestra defensa de espaldas a la portería, aguaté un par de tarascadas asesinas y cedí de cara a nuestra rubia estrella. Hizo un recorte a un defensa y la pegó perfecta, de empeine. Borró la escuadra. Lo grité con toda mi alma, hasta la afonía, hicimos una montaña de adolescentes en una esquina tirados en el duro cemento, las chicas de nuestra clase de mofaban de las de al lado, todos los cursos del B gritaron un gol interminable. Ahora, había que aguantar. El recreo duraba veinticinco minutos y ya solo quedaban quince. Había que aguantar, hacer faltas en el centro del campo, sacar alguna contra para asustar, tapar los disparos de su mejor hombre, perder tiempo, fingir lesiones. Había que aguantar.
La avalancha fue brutal. Diez minutos de tiros rozando el palo, faltas al borde del área, paradas imposibles de nuestro portero, penaltis reclamados con insistencia. Quedaba poco, ellos estaban cansados, lo teníamos controlado. Hasta que un disparo con la zurda casi desde el medio campo se coló, raso, por el poste derecho de nuestra portería. Me quedé helado. Intentaba dar palabras de ánimo a mis compañeros, pero apenas me salían balbuceos entrecortados por el cansancio. Quedaba poco, muy poco. En caso de empate habría una tanda de penaltis después de clase, y en los penaltis teníamos pocas posibilidades. Ataques imprecisos de unos y otros, los dos equipos con la lengua fuera. Ellos confiaban en los penaltis y nosotros no teníamos ni fuerzas ni calidad para irnos demasiado arriba. Y entonces llegó el milagro, la casualidad que nos redimió de diez años de derrotas, que borró de un plumazo nuestra fama de perdedores, de débiles, de pusilánimes, de inferiores. Un saque de banda cerca de su área que está pensado para que yo remate de cabeza. El balón viene llovido, blando, imposible darle fuerza con un cabezazo. Apenas la rozo. El balón cae manso entre una maraña de piernas, dos defensas suyos y un delantero nuestro. Sin saber como, uno de sus defensas despeja suavemente hacia atrás y el balón entra lentamente, llorando, sin apenas girar, tocando ligeramente el poste ante la mirada incrédula del portero que aún no sabe que ha pasado. Mi grito queda aplastado por la contundencia de la sirena que anuncia el final del recreo. Somos campeones, por primera vez somos campeones.
Así hasta que llegó octavo. Las ligas eran ya más largas, se jugaban entre sexto, séptimo y octavo en los recreos. Siempre ganaban los mayores, los de octavo y ese era nuestro último año en el colegio. Teníamos buen equipo, el mejor de todos los años. Un portero alto, que iba mal por abajo pero casi imbatible por arriba, un par de cierres rudos y contundentes, un repetidor sin fondo físico (entre otras cosas porque ya tenía dieciséis años y fumaba como un carretero) pero con una clase descomunal, un Schuster en miniatura que jugaba por todo el campo y la pegaba con las dos piernas y yo de delantero. Pero ellos eran un súper equipo. Un portero repetidor que ya jugaba en los juveniles de fútbol 11, dos cierres con las piernas llenas de pelos (con lo que eso impresionaba) que no se andaban con tonterías, un par de repetidores que se las sabían todas y un chico de mi edad que parecía que me sacaba cuatro años, fuerte, alto y con un disparo desde media distancia que hacía temblar las porterías. Habían llegado a la final arrasando, ganando todos los partidos por goleada y sin apenas encajar un gol. Nosotros habíamos tenido muchas dificultades para ganar en semifinales a séptimo A, pero estábamos en la final y era nuestro momento.
Llegó el gran día. Nunca había deseado tanto que llegase el recreo como aquel día. Las tres primeras clases se me hicieron eternas. Había un runrún por toda la clase, un cuchicheo nervioso que pasaba de pupitre en pupitre y que recorría todo el aula. Las chicas nos tiraban notitas con escritura arabesca y pequeños corazoncitos animándonos a ganar, los compañeros que no iban a jugar nos palmoteaban la espalda en señal de apoyo, los profesores nos deseaban suerte al terminar la clase. Por fin sonó la sirena que anunciaba el recreo. Era nuestra oportunidad, nuestro momento. Ya no éramos los críos endebles que aguantaban los empujones y las collejas de los de la clase de al lado. Llevábamos chándal de marca como ellos, yo calzaba unas preciosas Puma impulse system indestructibles, nuestro repetidor estrella ya fumaba y llevaba pantalones cortos para el partido. Éramos un equipo y nos íbamos a resarcir de diez años de humillaciones futbolísticas.
Cuando llegamos a la pista de fútbol sala me empezaron a temblar las piernas. Todo el colegio estaba allí. Desde los pequeñines de primero de EGB hasta nuestros compañeros de pupitre. Profesores, bedeles, todo alrededor de la pista de juego. Aquello parecía un campo turco. Don Fermín, el profesor de gimnasia, pitó y el partido comenzó.
Empezamos nerviosos, demasiado nerviosos, éramos un flan que se mantenía en pie a duras penas y el gol de ellos se masticaba en el ambiente. Nos pasamos los cinco primeros minutos achicando balones de mala manera, oyendo el estruendo ensordecedor de un palo y un larguero que nos salvaron de manera milagrosa. Pero a los cinco minutos nos adelantamos nosotros. Cogí un rechace de nuestra defensa de espaldas a la portería, aguaté un par de tarascadas asesinas y cedí de cara a nuestra rubia estrella. Hizo un recorte a un defensa y la pegó perfecta, de empeine. Borró la escuadra. Lo grité con toda mi alma, hasta la afonía, hicimos una montaña de adolescentes en una esquina tirados en el duro cemento, las chicas de nuestra clase de mofaban de las de al lado, todos los cursos del B gritaron un gol interminable. Ahora, había que aguantar. El recreo duraba veinticinco minutos y ya solo quedaban quince. Había que aguantar, hacer faltas en el centro del campo, sacar alguna contra para asustar, tapar los disparos de su mejor hombre, perder tiempo, fingir lesiones. Había que aguantar.
La avalancha fue brutal. Diez minutos de tiros rozando el palo, faltas al borde del área, paradas imposibles de nuestro portero, penaltis reclamados con insistencia. Quedaba poco, ellos estaban cansados, lo teníamos controlado. Hasta que un disparo con la zurda casi desde el medio campo se coló, raso, por el poste derecho de nuestra portería. Me quedé helado. Intentaba dar palabras de ánimo a mis compañeros, pero apenas me salían balbuceos entrecortados por el cansancio. Quedaba poco, muy poco. En caso de empate habría una tanda de penaltis después de clase, y en los penaltis teníamos pocas posibilidades. Ataques imprecisos de unos y otros, los dos equipos con la lengua fuera. Ellos confiaban en los penaltis y nosotros no teníamos ni fuerzas ni calidad para irnos demasiado arriba. Y entonces llegó el milagro, la casualidad que nos redimió de diez años de derrotas, que borró de un plumazo nuestra fama de perdedores, de débiles, de pusilánimes, de inferiores. Un saque de banda cerca de su área que está pensado para que yo remate de cabeza. El balón viene llovido, blando, imposible darle fuerza con un cabezazo. Apenas la rozo. El balón cae manso entre una maraña de piernas, dos defensas suyos y un delantero nuestro. Sin saber como, uno de sus defensas despeja suavemente hacia atrás y el balón entra lentamente, llorando, sin apenas girar, tocando ligeramente el poste ante la mirada incrédula del portero que aún no sabe que ha pasado. Mi grito queda aplastado por la contundencia de la sirena que anuncia el final del recreo. Somos campeones, por primera vez somos campeones.
Justicia poética I
La selección era sencilla: de la A a la M, al A; y de la M a la Z, al B. Había apellidos conflictivos. Los Medina, Merino o Mérida vivían en una indeterminación constante y pasaban unos veranos angustiosos pues la llegada de un niño nuevo o la salida de alguno los podía condenar al terrible cambio de grupo, a los nuevos compañeros que ya tienen la pandilla hecha, al rechazo de los antiguos colegas que le ven como un desertor, involuntario si, pero desertor.
La primera humillación llegó demasiado pronto, a los siete añitos, aquel fatídico curso de primero de EGB. Y fue una humillación que comenzó urdida en las altas esferas, orquestada en primer lugar por los de arriba. Habían decidido nuestras profesoras hacer un campeonato de fútbol entre las dos clases, dos partidos, ida y vuelta, y había que elegir nombre para el equipo. Nos reunimos todos mis compañeros del B un recreo y empezamos a darle vueltas al nombre: los magníficos, los imparables, los magos del balón. Todos nombres que nos hicieran parecer mucho más temibles de lo que éramos en realidad, que mostraran toda la habilidad con el balón que en realidad no teníamos ni por asomo. Llegamos a clase con un nombre decidido, un nombre belicoso y rimbombante que hiciese temblar a los del A solo con oírlo. Se lo comunicamos entusiasmados a nuestra profesora. La cara que puso ya me hizo sospechar que nuestro nombre no iba a ser aprobado. Se quedo pensativa y nos dijo “¿Por qué no os llamáis Equipo Amarillo?” Equipo amarillo, no me jodas. Ese era el nombre que tenía un equipo que aparecía en el libro de texto, pero era un nombre de mierda. Las niñas de clase, que no jugaban al fútbol, se entusiasmaron con la idea de llamarnos Equipo amarillo y por esas cosas de la democracia nos quedamos con ese nombre. Cuando vi la cartulina en el pasillo que anunciaba los dos partidos de fútbol me di cuenta de que habíamos perdido antes de jugar: Equipo Amarillo vs. Águilas de Acero.
Jugábamos todos los recreos. El A contra el B. Jugábamos en un pasillo de arena de dos meros de ancho por seis de largo (la zona que nos dejaban gentilmente los cursos superiores) Jugábamos todos los días y todos los días perdíamos. Eran partidos de veinte contra veinte, todos los niños de cada clase corriendo detrás de un balón de plástico imposible de controlar. Cuarenta pulguitas moviéndose en un torbellino de polvo que apenas dejaba ver lo que estaba pasando. Pero aquello era distinto, aquellos partidos eran en pista de cemento, con balón de reglamento, seis contra seis, con árbitro, con faltas, con líneas de banda, con una cartulina colgada en el pasillo donde se pondría el resultado y que todo el colegio podría ver.
El primer partido se jugó un día después de las clases de la mañana bajo un sol abrasador. Es difícil recordarse físicamente a uno mismo con siete años. El pelo revuelto, supongo, los pantalones con rodilleras permanentes, las piernas como palillos. Pero no sale una imagen completa. Los sentimientos si que se recuerdan con mayor nitidez. Los ojos abrasados por las lágrimas retenidas, la impotencia, el flato de correr detrás de los rivales, las voces a los compañeros y el 7 a 0 escrito con rotulador negro brillando con fuerza en la cartulina del pasillo. Recuerdo llegar a casa y no querer comer y luego comer muy deprisa para ver si me empezaba a doler la tripa y no tenía que ir a clase por la tarde. Recuerdo el camino de vuelta al colegio, mi hermana tirando de mi brazo para que andase más deprisa y yo haciéndome el remolón, parándome ante cualquier escaparate, deteniéndome embobado a mirar los lenguados inertes de la pescadería, las manzanas rojas de brillo artificial de la frutería, los bandos incomprensibles del ayuntamiento. Cuando llegué al colegio, me coloqué cabizbajo en la fila, los ojos fijos en la puntera desgastada de mis zapatillas, los ojos ardiendo otra vez. No miraba a nadie, pero podía oír las risas de la fila de al lado, los “sieteacero” repetidos en voz alta una y otra vez. Aquella fue la tarde más larga de mi vida.
La primera humillación llegó demasiado pronto, a los siete añitos, aquel fatídico curso de primero de EGB. Y fue una humillación que comenzó urdida en las altas esferas, orquestada en primer lugar por los de arriba. Habían decidido nuestras profesoras hacer un campeonato de fútbol entre las dos clases, dos partidos, ida y vuelta, y había que elegir nombre para el equipo. Nos reunimos todos mis compañeros del B un recreo y empezamos a darle vueltas al nombre: los magníficos, los imparables, los magos del balón. Todos nombres que nos hicieran parecer mucho más temibles de lo que éramos en realidad, que mostraran toda la habilidad con el balón que en realidad no teníamos ni por asomo. Llegamos a clase con un nombre decidido, un nombre belicoso y rimbombante que hiciese temblar a los del A solo con oírlo. Se lo comunicamos entusiasmados a nuestra profesora. La cara que puso ya me hizo sospechar que nuestro nombre no iba a ser aprobado. Se quedo pensativa y nos dijo “¿Por qué no os llamáis Equipo Amarillo?” Equipo amarillo, no me jodas. Ese era el nombre que tenía un equipo que aparecía en el libro de texto, pero era un nombre de mierda. Las niñas de clase, que no jugaban al fútbol, se entusiasmaron con la idea de llamarnos Equipo amarillo y por esas cosas de la democracia nos quedamos con ese nombre. Cuando vi la cartulina en el pasillo que anunciaba los dos partidos de fútbol me di cuenta de que habíamos perdido antes de jugar: Equipo Amarillo vs. Águilas de Acero.
Jugábamos todos los recreos. El A contra el B. Jugábamos en un pasillo de arena de dos meros de ancho por seis de largo (la zona que nos dejaban gentilmente los cursos superiores) Jugábamos todos los días y todos los días perdíamos. Eran partidos de veinte contra veinte, todos los niños de cada clase corriendo detrás de un balón de plástico imposible de controlar. Cuarenta pulguitas moviéndose en un torbellino de polvo que apenas dejaba ver lo que estaba pasando. Pero aquello era distinto, aquellos partidos eran en pista de cemento, con balón de reglamento, seis contra seis, con árbitro, con faltas, con líneas de banda, con una cartulina colgada en el pasillo donde se pondría el resultado y que todo el colegio podría ver.
El primer partido se jugó un día después de las clases de la mañana bajo un sol abrasador. Es difícil recordarse físicamente a uno mismo con siete años. El pelo revuelto, supongo, los pantalones con rodilleras permanentes, las piernas como palillos. Pero no sale una imagen completa. Los sentimientos si que se recuerdan con mayor nitidez. Los ojos abrasados por las lágrimas retenidas, la impotencia, el flato de correr detrás de los rivales, las voces a los compañeros y el 7 a 0 escrito con rotulador negro brillando con fuerza en la cartulina del pasillo. Recuerdo llegar a casa y no querer comer y luego comer muy deprisa para ver si me empezaba a doler la tripa y no tenía que ir a clase por la tarde. Recuerdo el camino de vuelta al colegio, mi hermana tirando de mi brazo para que andase más deprisa y yo haciéndome el remolón, parándome ante cualquier escaparate, deteniéndome embobado a mirar los lenguados inertes de la pescadería, las manzanas rojas de brillo artificial de la frutería, los bandos incomprensibles del ayuntamiento. Cuando llegué al colegio, me coloqué cabizbajo en la fila, los ojos fijos en la puntera desgastada de mis zapatillas, los ojos ardiendo otra vez. No miraba a nadie, pero podía oír las risas de la fila de al lado, los “sieteacero” repetidos en voz alta una y otra vez. Aquella fue la tarde más larga de mi vida.
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